El reciente revuelo mediático generado por el contagio de una pareja holandesa con hantavirus —detectado en un crucero que zarpó desde el puerto de Ushuaia, en Argentina— reabrió el debate sobre la posibilidad de que esta enfermedad pueda convertirse en una amenaza pandémica.
Sin embargo, especialistas coinciden en que, aunque el hantavirus posee una elevada letalidad, no presenta las características epidemiológicas necesarias para ser considerado un riesgo de pandemia global.
El hantavirus es una enfermedad conocida desde hace décadas en Chile y Argentina. La cepa que permite, en casos excepcionales, el contagio de persona a persona se denomina virus Andes. Su transmisión interpersonal es poco frecuente y el brote más estudiado ocurrió en Epuyén, en la Patagonia argentina, entre 2018 y 2019. En aquella ocasión, 34 personas se contagiaron y 10 fallecieron.
La variante Andes está asociada a un roedor silvestre conocido como “ratón colilargo”, que habita principalmente zonas rurales y agrícolas. El contagio ocurre cuando las personas inhalan partículas contaminadas con orina, heces o saliva del animal.
Una enfermedad agresiva y de alta mortalidad
Los síntomas iniciales suelen confundirse con una gripe común: fiebre, dolores musculares, fatiga, cefalea y malestar general. Sin embargo, varios días después puede aparecer el síndrome cardiopulmonar por hantavirus, caracterizado por tos seca, dificultad respiratoria y edema pulmonar severo, una acumulación de líquido en los pulmones que impide respirar sin asistencia médica especializada.
En Sudamérica, la forma predominante es la cardiopulmonar, mientras que en otras regiones del mundo existen variantes hemorrágicas.
“El hantavirus tiene una alta letalidad. De cada diez personas enfermas, entre tres y cuatro pueden morir incluso recibiendo el mejor tratamiento disponible”, explica el epidemiólogo chileno Gaspar Rodríguez, especialista en esta enfermedad.
La transmisión entre humanos sigue siendo considerada rara. La mayoría de los estudios sostiene que el contagio ocurre principalmente desde el roedor al ser humano, aunque existen posibilidades limitadas de transmisión interpersonal en contactos muy estrechos y prolongados.
Bolivia registra el mayor número de casos en años recientes
En Chile se reportan aproximadamente 40 casos anuales y en Argentina hasta 70. Bolivia, en cambio, registró durante 2025 el mayor número de contagios de los últimos años, con entre 48 y 54 casos confirmados y al menos 11 fallecidos, según reportes epidemiológicos nacionales y de la Organización Panamericana de la Salud.
La enfermedad se concentra principalmente en regiones húmedas y tropicales del país, especialmente en Los Yungas paceños, donde la neblina cubre cultivos y caminos rurales rodeados de vegetación densa.
La mayor parte de los casos se detectó en municipios como La Asunta y Palos Blancos.
Una enfermedad rural e invisibilizada
Más del 90% de los contagios ocurre en áreas rurales. Las víctimas suelen ser agricultores, trabajadores del campo o habitantes de comunidades cercanas al monte.
El mapa epidemiológico del hantavirus en Bolivia se concentra en:
- Los Yungas y el norte de La Paz,
- zonas fronterizas de Tarija,
- áreas rurales del Beni,
- y sectores tropicales de Santa Cruz.
Son regiones donde convergen humedad, abundante vegetación, presencia de roedores silvestres y condiciones precarias de vivienda.
El epidemiólogo Gastón Domínguez advierte que uno de los mayores problemas es la demora en la detección.
“Los síntomas iniciales suelen confundirse con gripe, dengue o infecciones respiratorias comunes. Cuando aparece la insuficiencia pulmonar, el cuadro puede agravarse en cuestión de horas”, señala.
Además, explica que muchas personas desconocen los mecanismos de contagio.
“Barrer depósitos cerrados o galpones infestados de ratones puede liberar partículas virales al aire y provocar la infección”, agrega.
El avance silencioso en los Yungas
En La Asunta y Palos Blancos, las brigadas sanitarias intensificaron la vigilancia epidemiológica durante 2025 y 2026 tras varios fallecimientos registrados en la región.
Las autoridades sanitarias consideran que el comportamiento del virus también está relacionado con cambios ambientales.
La expansión agrícola, los desmontes y la alteración de ecosistemas acercan a los roedores silvestres a viviendas y cultivos humanos. Diversas investigaciones sudamericanas advierten que la deforestación y las variaciones climáticas modifican la dinámica poblacional de estos animales, aumentando el riesgo de transmisión.
Durante temporadas de lluvias intensas, la disponibilidad de alimento para roedores puede provocar un crecimiento abrupto de sus poblaciones. El resultado es un contacto más frecuente entre humanos y reservorios del virus.
Hospitales limitados frente a una enfermedad crítica
En muchas provincias bolivianas, los centros médicos carecen de unidades de terapia intensiva especializadas o equipos suficientes para enfrentar cuadros respiratorios severos.
Los testimonios del personal sanitario reflejan problemas recurrentes:
- pacientes que llegan demasiado tarde,
- largos traslados hacia hospitales de referencia,
- diagnósticos difíciles,
- y escasez de laboratorios especializados.
Aunque el hantavirus no se transmite habitualmente entre personas en Bolivia, el temor social alrededor de los casos suele generar aislamiento y alarma comunitaria.
A diferencia de otras epidemias más visibles, esta enfermedad permanece casi ausente del debate público nacional, pese a su elevada mortalidad.
La enfermedad que nace del abandono
Detrás de cada caso existe un patrón social persistente: pobreza rural, viviendas vulnerables y limitado acceso a servicios de salud.
En numerosas comunidades, almacenar alimentos sin protección, convivir cerca de maleza o habitar construcciones abiertas favorece el contacto con roedores.
Las medidas preventivas básicas —ventilar ambientes cerrados, desinfectar antes de limpiar y proteger depósitos de alimentos— todavía no llegan de manera efectiva a toda la población expuesta.
Mientras tanto, los contagios continúan apareciendo en silencio.
El período de incubación puede extenderse hasta 45 días, lo que dificulta el seguimiento epidemiológico y el aislamiento oportuno de contactos de riesgo.
Actualmente no existen vacunas masivas ni tratamientos específicos plenamente eficaces contra el hantavirus. La prevención sigue siendo la principal herramienta de defensa.
ECMO: el último recurso para salvar vidas
En los casos más graves, el único soporte médico capaz de mantener con vida al paciente es la ventilación mecánica avanzada o el uso de ECMO (Oxigenación por Membrana Extracorpórea), un sistema que oxigena la sangre fuera del cuerpo y luego la reintroduce al organismo.
El ECMO se utiliza en pacientes con insuficiencia pulmonar extrema y representa uno de los tratamientos más complejos y costosos de la medicina intensiva moderna.
Sin embargo, Bolivia no cuenta actualmente con centros acreditados por la ELSO (Extracorporeal Life Support Organization) ni con programas ECMO certificados internacionalmente. Existen indicios de que algunas clínicas privadas y hospitales de tercer nivel podrían disponer de estos equipos, aunque no existe información pública plenamente confirmada.
En los Yungas, donde la selva parece respirar sobre los caminos y las viviendas, el virus continúa escondido en aquello que parece cotidiano: un galpón abandonado, un depósito de granos o el polvo que levanta una escoba.
Y aunque las cifras nacionales todavía son bajas frente a otras enfermedades, para las familias que perdieron a un hijo, un agricultor o una madre, el hantavirus dejó de ser una estadística hace mucho tiempo.

