Entre el hambre y la desesperación
Entre filas interminables, agio y escasez, esta crónica retrata cómo la incertidumbre pone a prueba la solidaridad y la resiliencia de las familias.
Hoy, nuestro país enfrenta constantes bloqueos y movilizaciones de diversos sectores sociales, una situación que ha afectado especialmente a la sede de gobierno y ha generado una creciente preocupación ciudadana. En este contexto, se ha agudizado una crisis relacionada con el abastecimiento de alimentos básicos. La escasez de productos como carne y verduras, provocada en gran medida por los bloqueos, ha profundizado el problema del hambre que ya afecta a numerosos hogares. De pronto, hemos comenzado a valorar aquello que antes considerábamos cotidiano: la tradicional llajua en la mesa o el simple placer de compartir un pollo frito en familia. Esta situación demuestra cómo una crisis puede transformar nuestra percepción de la realidad y enfrentarnos a circunstancias que creíamos lejanas.
Hemos pasado de comprar pollo con tranquilidad, tras una breve espera, a levantarnos a las cinco de la mañana para hacer fila durante horas. En muchos casos, las filas se extienden por varias cuadras, mientras las personas soportan las bajas temperaturas propias de esta época del año. Sin embargo, lo más preocupante no es la espera, sino la incertidumbre de no conseguir un poco de carne para alimentar a la familia. La situación se ha vuelto insostenible para muchos hogares que dependen de este alimento básico. Entre conversaciones y susurros, quienes esperan intercambian información sobre dónde y cuándo es más probable encontrar provisiones.
En medio de la adversidad surge también la solidaridad.
Los vecinos compartieron datos útiles y, en ocasiones, incluso parte de sus compras. Aun así, la incertidumbre persiste y cada jornada representa un nuevo desafío.
Mientras tanto, en los mercados, los vendedores intentan mantener el ánimo y brindar palabras de aliento a sus clientes habituales. Algunos han recurrido a estrategias alternativas para garantizar el abastecimiento, organizando compras conjuntas o buscando nuevos proveedores. Sin embargo, la realidad sigue siendo difícil, y la esperanza de una pronta mejora es lo que mantiene a muchos perseverando. La comunidad continúa unida, aferrándose a la resiliencia que históricamente ha caracterizado a su gente.
Otro fenómeno que agrava esta situación es el agio, entendido como la especulación con los precios de los productos para obtener mayores ganancias. Esta práctica ha generado una profunda indignación entre las amas de casa y consumidores en general, quienes observan cómo algunos se benefician de la necesidad y la desesperación ajenas. Sin embargo, también existe una resignación forzada, pues, independientemente del costo, las familias necesitan adquirir los alimentos indispensables para su subsistencia.
Quisiera dedicar una parte de esta columna a las largas filas que, según mi experiencia, nunca había presenciado con tal magnitud. Levantarme a las seis de la mañana para acompañar a mi familia en esta espera ha sido una experiencia reveladora. En la fila se puede observar de todo: mujeres que amenizan la espera conversando sobre la situación actual o compartiendo ideas para preparar una sencilla comida de arroz con huevo; también se percibe la satisfacción y el alivio en el rostro de quienes logran conseguir tres kilos de pollo para la semana. En contraste, no faltan quienes intentan generar conflictos o acaparar más productos de los que realmente necesitan.
Esta experiencia me ha llevado a reflexionar sobre distintos aspectos de nuestra realidad y, especialmente, sobre la importancia de valorar lo que tenemos. Como señala el conocido refrán: «No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes». Esa frase ha cobrado un nuevo significado en el contexto que vivimos. También me ha permitido observar cómo la avaricia y la codicia pueden manifestarse en la actividad comercial, reflejadas en incrementos de precios que, en algunos casos, alcanzan hasta un 45 % respecto a los valores habituales. Nuestra realidad continúa complicándose y, frente a ello, solo queda plantearnos una pregunta: ¿seremos capaces de valorar lo que tenemos antes de perderlo?
Autor
Franco Andia
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
