La noche cae temprano en Haití. No porque el sol desaparezca antes, sino porque el miedo obliga a cerrar puertas antes del anochecer. En Puerto Príncipe ya casi no existen semáforos funcionando, rutas seguras ni presencia policial visible. Lo que existe son fronteras invisibles trazadas por hombres armados que deciden quién puede cruzar una calle, abastecerse de combustible o simplemente sobrevivir un día más.
En la capital haitiana el silencio no significa calma. Significa control.
Haití ya no vive solamente una crisis política o humanitaria. Vive algo más profundo y devastador: la desaparición práctica del Estado. El país que alguna vez fue símbolo universal de libertad —la primera república negra del mundo nacida de una revolución de esclavos— hoy es una nación ocupada por pandillas.
El 7 de febrero de 2026 terminó de derrumbarse el último andamiaje institucional. Ese día se disolvió formalmente el Consejo Presidencial de Transición, creado para conducir al país hacia elecciones democráticas. No hubo elecciones. No hubo transición. No hubo retorno al orden.
Lo que quedó fue un gobierno interino encabezado por Alix Didier Fils-Aimé, gobernando desde oficinas rodeadas de caos, mientras cerca del 90% de Puerto Príncipe permanecía bajo control de grupos armados. Haití lleva años sin una sola autoridad elegida por voto popular. La Constitución de 1987 todavía se menciona en discursos oficiales, pero en las calles su autoridad es inexistente.
El verdadero poder tiene otro nombre: Viv Ansanm.
En criollo haitiano significa “Vivir juntos”. Pero en Puerto Príncipe la frase se escucha como una sentencia amarga. La coalición nació en 2023 uniendo antiguas pandillas rivales bajo una sola estructura armada. Lo que antes eran bandas dispersas se convirtió en una maquinaria capaz de disputar territorio, derribar cuarteles y paralizar una capital entera.
Su lider es Jimmy Chérizier, alias “Barbecue”, un ex policía convertido en caudillo criminal y figura política de facto. Sus hombres controlan carreteras, puertos, accesos marítimos y el perímetro del aeropuerto internacional Toussaint Louverture. Son ellos quienes deciden qué mercancías entran, qué barrios reciben alimentos y quién puede desplazarse.
En Haití, la soberanía ya no se mide en instituciones. Se mide en barricadas.
Los cuarteles policiales fueron destruidos con tractores. El aeropuerto quedó prácticamente inutilizado. Las rutas de salida están tomadas por convoyes armados. Más de cien grupos criminales dominan la capital y buena parte del país, mientras la policía haitiana sobrevive aislada, mal equipada y superada.
La vida cotidiana se volvió un ejercicio permanente de sobrevivincia.
Más de 1.600 escuelas cerraron en apenas dos años y cientos fueron saqueadas o incendiadas. Hospitales enteros quedaron abandonados. Las ambulancias dejaron de ingresar a determinados barrios porque pueden ser atacadas a tiros. En algunos sectores, los médicos operan sin electricidad ni medicamentos, mientras las familias improvisan refugios con lonas y pedazos de calaminas de zinc.
Más de un millón de haitianos huyeron de sus viviendas. Otros millones sobreviven atrapados entre territorios controlados por pandillas rivales. Cerca de 5,8 millones de personas padecen inseguridad alimentaria aguda. El combustible escasea porque la terminal de Varreux —clave para el abastecimiento energético— es bloqueada constantemente por grupos armados.
Haití se está quedando sin comida, sin hospitales y también sin salida.
Las aerolíneas redujeron operaciones. Los seguros por riesgo de guerra dispararon los costos de vuelo. La suspensión de visados y restricciones migratorias terminaron de aislar al país. Mientras tanto, cerca del 60% de la población sobrevive con menos de un dólar al día.
Pero el colapso no solo destruyó la infraestructura. También erosionó la vida espiritual y cultural de Haití.
En los cementerios de Puerto Príncipe ya no mandan las familias ni las comunidades religiosas. Mandan las pandillas. Cobran por permitir entierros y controlan el acceso a los camposantos. En un país profundamente atravesado por rituales ancestrales como la fiesta de los Guedés —la celebración dedicada a los muertos y a los ciclos de la vida— incluso la relación con los ancestros quedó sometida al negocio armado.
Hasta la muerte tiene dueño.
La violencia alcanzó niveles de brutalidad sistemática. Masacres como la de Petite-Rivière de l’Artibonite dejaron comunidades enteras devastadas. Organismos internacionales denuncian el uso de violencia sexual como mecanismo de control territorial y terror colectivo. Lo más estremecedor es que cerca del 30% de los integrantes de las pandillas son menores de edad: niños reclutados en barrios donde el hambre terminó sustituyendo cualquier posibilidad de futuro.
En algunos sectores populares, Jimmy “Barbecue” Chérizier todavía es visto como una figura de resistencia frente a una élite política históricamente corrupta y ausente. En otros, es el rostro visible de la descomposición absoluta. Él mismo se presenta como revolucionario y portavoz de los pobres, mientras sus hombres levantan barricadas, incendian barrios y desplazan comunidades enteras.
Esa contradicción resume la tragedia haitiana: las pandillas crecieron exactamente donde el Estado desapareció primero.
La respuesta internacional tampoco logró revertir el desastre. La Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad liderada por Kenia fue reemplazada en 2026 por la Gang Suppression Force de Naciones Unidas. Nuevos contingentes militares comenzaron a desplegarse, pero llegan a un país donde el colapso institucional parece demasiado profundo para resolverse únicamente con soldados.
Muchos haitianos sienten que el mundo ya renunció a Haití.
Las grandes potencias hablan de contención, estabilidad y seguridad regional. Pero en los barrios de Cité Soleil, Carrefour o Delmas, esas palabras suenan lejanas frente al estruendo de las ráfagas nocturnas. Allí la gente sobrevive escondiéndose.
Mientras tanto, las autoridades prometen elecciones para finales de 2026. Pero incluso el registro de votantes fue suspendido por razones de seguridad. Organizar una elección en Haití hoy parece intentar construir democracia sobre ruinas todavía humeantes.
Y quizá esa sea la imagen más precisa del país: una nación donde el Estado murió antes que la esperanza, aunque esta última agonice lentamente entre el hambre, las barricadas y el sonido constante de los fusiles.
Haití alguna vez derrotó al colonialismo y cambió la historia del mundo.
Hoy pelea por algo más elemental: recuperar el derecho a existir como país.

