Hace una década, el 3 de junio de 2015, una multitud salió a las calles de Argentina bajo una consigna que rápidamente se convirtió en un grito continental: Ni Una Menos. La movilización surgió como respuesta a los crecientes casos de feminicidio y violencia machista, pero pronto trascendió la denuncia para convertirse en uno de los movimientos sociales más influyentes de América Latina en el siglo XXI.
Diez años después, su legado llenó las plazas e influyó en los cambios culturales, políticos y legales que impulsó dentro y fuera de las fronteras argentinas.
Antes de Ni Una Menos, la violencia contra las mujeres era tratada con frecuencia como un asunto privado o una tragedia que debía esconderse por vergunza. El movimiento logró modificar esa percepción al instalar la idea de que los feminicidios son la expresión más extrema de una estructura de desigualdad y violencia de género. A partir de entonces, el debate público comenzó a incorporar conceptos como violencia machista, brecha salarial, acoso, autonomía económica y derechos reproductivos, temas que durante años permanecieron relegados a espacios académicos o activistas.
Entre los principales logros del movimiento en Argentina destaca la capacidad de colocar la problemática de la violencia de género en el centro de la agenda pública. Las movilizaciones masivas obligaron al Estado a fortalecer los sistemas de registro de feminicidios, ampliar mecanismos de atención a víctimas y desarrollar políticas públicas específicas. Asimismo, Ni Una Menos contribuyó a la consolidación de una ciudadanía más consciente de las desigualdades que enfrentan las mujeres en distintos ámbitos de la vida social.
Otro de los hitos más significativos fue su influencia en la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos. Aunque la lucha por la legalización del aborto venía desarrollándose desde años atrás, la masividad y capacidad de articulación del movimiento feminista fortalecieron las demandas que culminaron con la aprobación de la interrupción voluntaria del embarazo en Argentina en 2020. Más allá del resultado legislativo, el proceso evidenció la capacidad de organización y presión política alcanzada por los movimientos de mujeres.
El mayor triunfo de Ni Una Menos ha sido cultural. El movimiento transformó conversaciones cotidianas, cuestionó patrones naturalizados de discriminación y abrió espacios para que miles de mujeres compartieran experiencias de violencia antes silenciadas. También impulsó nuevas formas de participación política de jóvenes que encontraron en el feminismo una herramienta para comprender y transformar su realidad.
La influencia de Ni Una Menos no tardó en extenderse por América Latina. En Bolivia, donde las cifras de feminicidio continúan ubicando al país entre los más afectados de la región, el movimiento encontró un terreno marcado por profundas desigualdades de género y una violencia persistente contra las mujeres. Las consignas surgidas en Argentina fueron adoptadas por organizaciones feministas, colectivos ciudadanos y activistas bolivianas que comenzaron a exigir con mayor fuerza respuestas estatales frente a esta problemática.
Su impacto en Bolivia puede observarse en varios niveles. En primer lugar, contribuyó a visibilizar el feminicidio como un problema estructural y no como una simple suma de hechos policiales. Las marchas, campañas digitales y acciones colectivas fortalecieron la presión social para exigir la aplicación efectiva de la Ley 348, destinada a garantizar a las mujeres una vida libre de violencia. Asimismo, impulsó una mayor cobertura mediática de los casos de violencia de género y promovió debates sobre la responsabilidad institucional en la prevención y sanción de estos delitos.
No obstante, la experiencia boliviana también revela los límites de los avances normativos cuando no están acompañados por transformaciones institucionales profundas. A pesar de contar con una de las legislaciones más avanzadas de la región, persisten problemas relacionados con la falta de recursos, la revictimización de las denunciantes, la lentitud judicial y la insuficiente protección de las víctimas. En este contexto, las demandas impulsadas por Ni Una Menos mantienen plena vigencia.
Diez años después de su nacimiento, el movimiento enfrenta nuevos desafíos. La persistencia de la violencia feminicida, el avance de discursos conservadores y las tensiones políticas en distintos países de la región plantean un escenario complejo. Sin embargo, también evidencian la necesidad de mantener viva una movilización que logró convertir el dolor individual en una causa colectiva.
Ni Una Menos no eliminó la violencia contra las mujeres ni resolvió las desigualdades de género. Pero sí consiguió algo fundamental: romper el silencio. Su legado radica en haber transformado una realidad invisibilizada en una demanda social ineludible para los Estados y las sociedades latinoamericanas. En Argentina, Bolivia y gran parte de la región, ese grito continúa resonando porque las razones que le dieron origen aún persisten. Y mientras exista una mujer víctima de violencia por el hecho de ser mujer, la consigna seguirá recordando una deuda pendiente de nuestras democracias: que ninguna sea una menos.

