Ciencia y Tecnología

El oro invisible

Nelson Martínez Espinoza30 de julio de 2026
8 min de lectura
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El oro invisible

Prólogo

La presente serie periodística se sustenta en una entrevista realizada a la Dra. Carla Fabiana Crespo Melgar, investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Bioquímicas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) e integrante del Instituto de Investigaciones Fármaco Bioquímicas (IIFB). Con grado de Ph.D., la científica ha dedicado gran parte de su trayectoria al estudio de la microbiología aplicada, la biotecnología agrícola y el desarrollo de bioinsumos para una agricultura sostenible, consolidándose como una de las principales especialistas bolivianas en el aprovechamiento de microorganismos con aplicaciones para la producción agropecuaria.

Desde 2021, la Dra. Crespo Melgar dirige el subprograma de investigación "Insumos de base biológica: Biocontrol de patógenos fúngicos del café y tratamiento microbiano para el crecimiento de la quinua", iniciativa que forma parte del programa de cooperación científica UMSA–ASDI entre Bolivia y Suecia. Los hallazgos, experiencias y reflexiones compartidos durante esa entrevista, complementados con la información institucional y científica publicada por la UMSA sobre este programa de investigación, constituyen la base documental de esta serie, que busca acercar al público uno de los desarrollos científicos más prometedores para el futuro de la agricultura y la bioeconomía en Bolivia.

Carla Crespo Melgar Científica boliana de la UMSA
Carla Crespo Melgar Científica boliviana de la UMSA


Primera entrega

La riqueza que nadie ve: el patrimonio microscópico capaz de transformar la agricultura boliviana

La historia económica de Bolivia siempre ha estado escrita alrededor de la explotación de los recursos naturales. Primero fue la plata de Potosí, cuya riqueza alimentó durante siglos las arcas del imperio español. Más tarde llegaron el estaño, el petróleo, el gas natural y, recientemente, el litio, convertido en la gran promesa de la transición energética mundial. Cada generación ha depositado sus expectativas de desarrollo en un nuevo recurso extraído de las entrañas del territorio.

Pero mientras el debate nacional continúa concentrado en minerales e hidrocarburos, existe otra riqueza que permanece prácticamente ignorada. No produce imágenes espectaculares de maquinaria pesada ni gigantescos socavones. No requiere explosivos ni complejas operaciones de exportación. Es un patrimonio que pasa inadvertido incluso para quienes caminan diariamente sobre él y tampoco puede ser patentado por ser un recurso de la naturaleza.

Ese tesoro vive bajo la superficie del suelo.

Millones de bacterias y hongos, sí como otros microorganismos conforman un universo invisible que sostiene la vida de los ecosistemas agrícolas. 

Durante décadas fueron considerados simples componentes biológicos del suelo, sin mayor importancia económica. Hoy, gracias a los avances de la microbiología y la biotecnología agrícola, la ciencia comienza a demostrar que esos organismos microscópicos podrían convertirse en uno de los activos estratégicos más importantes para el futuro de Bolivia.

En laboratorios de investigación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), equipos científicos han dedicado más de veinte años a estudiar este patrimonio biológico. Lo que comenzó como investigaciones académicas terminó revelando un potencial capaz de cambiar la manera en que el país produce alimentos, enfrenta el cambio climático y reduce su dependencia de fertilizantes y plaguicidas importados.

La pregunta ya no es si estos microorganismos tienen valor económico. La evidencia científica indica que sí. La verdadera interrogante es si Bolivia será capaz de convertir ese conocimiento en una política de desarrollo.

La crisis silenciosa de la agricultura

La agricultura latinoamericana experimentó una transformación profunda desde mediados del siglo XX. La llamada Revolución Verde introdujo variedades de alto rendimiento, fertilizantes sintéticos y pesticidas que permitieron aumentar considerablemente la producción de alimentos.

Sin embargo, ese éxito tuvo un costo.

El uso intensivo de insumos químicos alteró la composición biológica de los suelos, redujo su fertilidad natural y generó una creciente dependencia de productos importados. En muchas regiones, los agricultores comenzaron a observar que cada campaña requería mayores cantidades de fertilizantes para obtener resultados similares.

Los suelos perdieron parte de su capacidad para regenerarse.

A ello se sumó un nuevo desafío: el cambio climático.

Sequías más prolongadas, lluvias concentradas en periodos cortos, incremento de temperaturas y aparición de nuevas enfermedades agrícolas comenzaron a modificar las condiciones tradicionales de producción.

En Bolivia, donde miles de familias dependen directamente de la agricultura, estos cambios tienen consecuencias económicas y sociales inmediatas.

La disminución de rendimientos no solo afecta los ingresos de los productores. También compromete la seguridad alimentaria y aumenta la vulnerabilidad de comunidades enteras frente a eventos climáticos extremos.

Frente a esta realidad, la ciencia empezó a formular una pregunta distinta.

¿Y si la solución no estuviera en desarrollar más productos químicos, sino en recuperar los procesos biológicos que la naturaleza perfeccionó durante millones de años?

El universo que sostiene la vida

Un solo gramo de suelo fértil puede contener miles de millones de microorganismos pertenecientes a cientos de especies diferentes.

Durante décadas, esta extraordinaria biodiversidad pasó prácticamente desapercibida.

Hoy se sabe que esas comunidades microscópicas constituyen uno de los sistemas biológicos más complejos del planeta.

Algunas bacterias capturan nitrógeno del aire y lo transforman en nutrientes que las plantas pueden absorber. Otras producen hormonas vegetales que estimulan el crecimiento de las raíces. Ciertos hongos establecen asociaciones simbióticas con las plantas, aumentando su capacidad para obtener agua y minerales.

Existen también microorganismos que actúan como auténticos guardianes naturales de los cultivos.

Compiten con organismos patógenos, producen sustancias antimicrobianas y fortalecen las defensas naturales de las plantas frente a enfermedades.

La agricultura moderna comenzó a redescubrir este mundo invisible cuando comprendió que muchos de estos procesos podían utilizarse como alternativas biológicas a los agroquímicos tradicionales.

Así nació el concepto de bioinsumos.

Más que un producto específico, los bioinsumos representan una nueva manera de entender la producción agrícola. En lugar de combatir la naturaleza mediante sustancias químicas, buscan trabajar con ella, aprovechando organismos vivos capaces de mejorar naturalmente la fertilidad, controlar plagas y aumentar la resiliencia de los cultivos.

Bolivia: un laboratorio natural

Pocos países reúnen una diversidad ecológica comparable a la boliviana.

Desde los salares altoandinos hasta la Amazonía tropical, pasando por los Yungas, los valles interandinos, el Chaco y los bosques secos, el territorio nacional alberga ecosistemas sometidos a condiciones extremas de temperatura, humedad, altitud y disponibilidad de agua.

Cada uno de esos ambientes ha obligado a los microorganismos a desarrollar mecanismos únicos de adaptación.

Para la biotecnología moderna, esta diversidad representa una oportunidad excepcional.

Mientras otros países deben recurrir a microorganismos importados, Bolivia posee la posibilidad de identificar especies nativas ya adaptadas a sus propias condiciones ambientales.

Ese principio orientó buena parte de las investigaciones desarrolladas por equipos científicos de la UMSA con el respaldo del programa UMSA-ASDI.

Durante más de dos décadas, investigadores recorrieron diferentes regiones del país recolectando muestras de suelo, aislando microorganismos y evaluando sus posibles aplicaciones agrícolas.

El trabajo exigió paciencia.

Cada muestra debía procesarse cuidadosamente en laboratorio. Cada microorganismo debía cultivarse, identificarse y someterse a numerosas pruebas antes de determinar si poseía características útiles para la agricultura.

Los resultados comenzaron a superar las expectativas iniciales, afirma la doctora Crespo.

Ciencia que nace del territorio

Uno de los aspectos más relevantes de estas investigaciones es que no buscan adaptar tecnologías desarrolladas en otros países.

El objetivo consiste en construir soluciones biotecnológicas a partir de recursos biológicos propios.

La diferencia es fundamental.

Un microorganismo aislado en un ecosistema boliviano ya evolucionó bajo las mismas condiciones ambientales donde posteriormente será utilizado.

Eso aumenta significativamente sus probabilidades de éxito frente a organismos provenientes de otras regiones del mundo.

La estrategia también fortalece la soberanía tecnológica.

En lugar de depender exclusivamente de tecnologías importadas, Bolivia puede desarrollar bioinsumos basados en su propia biodiversidad, generando conocimiento científico nacional y abriendo la posibilidad de crear una industria biotecnológica con identidad propia.

Sin embargo, el desafío apenas comienza.

Identificar microorganismos constituye únicamente la primera etapa de un proceso mucho más amplio que incluye investigación aplicada, producción industrial, regulación sanitaria y transferencia tecnológica hacia los productores agrícolas.

La ciencia ha demostrado que el potencial existe.

Ahora corresponde responder una pregunta que trasciende los laboratorios: ¿está Bolivia preparada para transformar ese patrimonio microscópico en una política pública capaz de impulsar una nueva economía basada en el conocimiento y la biodiversidad?

La respuesta empezará a construirse en los laboratorios donde investigadores bolivianos estudian microorganismos capaces de resistir condiciones extremas de sequía. Allí, en organismos invisibles para el ojo humano, podría encontrarse una de las herramientas más prometedoras para enfrentar el cambio climático y garantizar el futuro de cultivos estratégicos como la quinua.

Ese será el eje de la próxima entrega de esta investigación.

En la segunda entrega se abordará el trabajo científico sobre las bacterias nativas tolerantes al estrés hídrico, los experimentos desarrollados en cultivos de quinua y el potencial de estos microorganismos para fortalecer la adaptación de la agricultura boliviana frente a la crisis climática.


Autor

Nelson Martínez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.