Inti-Illimani transformó el viento andino en un himno universal
En el turbulento Chile de los años sesenta, cuando las aulas de la Universidad Técnica del Estado (UTE), en Santiago, hervían de debates políticos, inquietudes sociales y sueños de transformación, un grupo de estudiantes de ingeniería y carreras técnicas decidió empuñar las guitarras para buscar, en los sonidos de la cordillera, la raíz musical de un continente.
En 1967, aquellos jóvenes, alentados por la sugerencia del guitarrista clásico chileno Eulogio Dávalos, bautizaron su agrupación como Inti-Illimani: Inti, Sol en quechua, e Illimani, el imponente nevado que domina el horizonte de La Paz, en lengua aimara. El nombre contenía ya una declaración de principios: unir en una sola palabra dos culturas, dos lenguas y dos geografías de los Andes.
Sin embargo, la verdadera revelación musical del conjunto no ocurrió en las aulas ni en los primeros escenarios de Santiago. Llegaría poco después, durante un viaje por la cordillera de los Andes que llevaría a los jóvenes músicos hasta Bolivia y cambiaría para siempre su manera de entender la música latinoamericana.
La escuela de la Peña Naira y la lección de Los Jairas
Cuando llegaron a La Paz, los integrantes de Inti-Illimani se encontraron con un movimiento que estaba transformando la música folklórica y construyendo una nueva identidad sonora urbana. El epicentro de aquella efervescencia era la legendaria Peña Naira, ubicada en la calle Sagárnaga, una casona convertida en punto de encuentro de músicos, artistas e intelectuales.
Allí actuaban y experimentaban algunos de los grandes renovadores de la música andina, entre ellos el maestro del charango Ernesto Cavour, el virtuoso de la quena Gilbert Favre y músicos vinculados a Los Jairas, como el guitarrista y compositor Alfredo Domínguez.
Para los jóvenes chilenos, la experiencia fue una revelación. La música que hasta entonces podían percibir como parte del paisaje cultural andino aparecía ante ellos como un lenguaje sofisticado, vivo y en plena transformación.
En la Peña Naira observaron de cerca la embocadura de la quena, el diálogo de las zampoñas, la precisión del charango y las posibilidades expresivas de los instrumentos originarios. Descubrieron que la música de los Andes no era una reliquia del pasado ni un repertorio destinado a los museos: era una arquitectura sonora compleja, capaz de dialogar con la música clásica, la canción popular y las nuevas corrientes de creación latinoamericana.
De regreso a Chile, llevaron consigo aquella experiencia. Incorporaron instrumentos andinos y los combinaron con armonías de mayor complejidad, elementos de la música criolla, influencias latinoamericanas y la canción de autor urbana. La operación fue mucho más que una apropiación instrumental: significó construir un puente musical entre Chile, Bolivia y el resto de América Latina.
La música boliviana se convirtió así en una de las claves de su identidad artística.
Músicos, militantes y la construcción de una voz colectiva
El Chile de la Unidad Popular encontró en Inti-Illimani una expresión singular de la relación entre arte, política y sociedad. Sus integrantes asumieron el compromiso con el proyecto político encabezado por el presidente Salvador Allende y varios de ellos estuvieron vinculados a las Juventudes Comunistas de Chile.
Para el grupo, la música no debía permanecer encerrada en las salas de concierto. Había que llevarla allí donde estaba la gente: a las fábricas, las minas, las universidades y los campos.
En esa concepción se inscribió su participación en el Tren Popular de la Cultura, iniciativa que buscaba acercar expresiones artísticas a distintos sectores de la población. El músico dejaba de ser únicamente intérprete para convertirse también en trabajador de la cultura.
En aquel escenario político y social surgieron algunas de las canciones que terminarían atravesando las fronteras de Chile.
Entre ellas está “El pueblo unido jamás será vencido”, compuesta por Sergio Ortega junto a Quilapayún y posteriormente incorporada al repertorio de Inti-Illimani. Nacida como un canto de movilización durante la Unidad Popular, la canción terminó adquiriendo una dimensión universal.
Con el paso del tiempo fue traducida e interpretada en numerosos idiomas y apareció en movilizaciones sociales de distintos países. Su frase central dejó de pertenecer exclusivamente al escenario político chileno para convertirse en una consigna internacional de resistencia y solidaridad.
Pero Inti-Illimani nunca quedó reducido a la canción política.
En el otro extremo de su universo creativo estaba “Alturas”, composición de Horacio Salinas que se convertiría en una de las piezas instrumentales más reconocibles del grupo. Con el diálogo entre quenas, zampoñas y cuerdas, la obra consiguió expresar una sensación de amplitud y profundidad que parecía trasladar al oyente directamente al paisaje de la cordillera. https://www.youtube.com/watch?v=cK4aew-BgBU&list=RDcK4aew-BgBU&start_radio=1
“Alturas” demostró que el viento andino podía contar una historia sin necesidad de palabras.
El golpe de Estado y el nacimiento de un grupo en el exilio
El 11 de septiembre de 1973 cambió para siempre la historia de Chile y también la de Inti-Illimani.
El golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet sorprendió al conjunto durante una gira por Europa. La caída del gobierno de Salvador Allende convirtió a los músicos en exiliados y cerró, durante años, la posibilidad de regresar a su país.
Italia se convirtió entonces en su nuevo hogar.
Durante aproximadamente quince años, Roma fue el centro de operaciones de un grupo que había nacido en las aulas de Santiago, aprendiendo parte fundamental de su lenguaje musical en La Paz y ahora se encontraba obligado a construir su carrera lejos de Chile.
El exilio, sin embargo, no significó parálisis artística. Paradójicamente, aquella experiencia traumática abrió una nueva etapa de experimentación.
Roma: del folklore latinoamericano a la música del mundo
En Europa, Inti-Illimani comenzó una profunda transformación estética, instrumental y compositiva.
La experiencia del exilio amplió sus horizontes. A los instrumentos andinos se sumaron violines, violonchelos, mandolinas y otros recursos de la tradición musical europea. Aparecieron influencias del barroco, de la música mediterránea y de distintas expresiones latinoamericanas, entre ellas ritmos afroperuanos.
La agrupación comenzó a desplazarse progresivamente desde el territorio del folklore y la canción de protesta hacia una propuesta musical más compleja, abierta y universal.
En ese proceso tuvo un papel fundamental Horacio Salinas, compositor y guitarrista que se convirtió en una de las principales figuras de la evolución musical del conjunto.
El resultado fue una música que ya no podía ser encasillada fácilmente. Inti-Illimani conservaba la memoria de los Andes, pero incorporaba nuevos lenguajes y recursos. El grupo podía hablar de Chile sin dejar de dialogar con Italia, Bolivia, Perú, España o cualquier otro territorio donde existiera un público dispuesto a escuchar.
Obras como Palimpsesto, publicada en 1981, reflejan esa etapa de maduración y búsqueda.
Los escenarios europeos fueron también decisivos. En las salas de concierto de Roma, París, Londres y otras ciudades, aquella música nacida entre las montañas de los Andes comenzó a ser escuchada desde una perspectiva diferente.
Ya no era presentada como una curiosidad exótica.
Era música.
Música latinoamericana capaz de dialogar de igual a igual con otras tradiciones culturales.
La voz del Chile que resistía
Durante los años de dictadura, Inti-Illimani asumió además un papel que trascendía lo estrictamente artístico: se convirtió en uno de los grandes embajadores culturales de la resistencia democrática chilena.
Sus canciones acompañaron las campañas de solidaridad internacional y mantuvieron viva, fuera de Chile, la memoria de un país que había sido violentamente silenciado.
Para miles de chilenos dispersos por el mundo, escuchar a Inti-Illimani significaba recuperar una parte de la patria perdida.
Su música también acompañó las transmisiones de medios internacionales que intentaban mantener informados a los chilenos sobre lo que ocurría dentro y fuera del país. Entre ellas estaban las emisiones en español de Radio Berlín Internacional, cuyo noticiero Chile al día se convirtió para muchos exiliados y opositores de la dictadura en una ventana hacia la realidad chilena.
En ese contexto, las canciones de Inti-Illimani adquirieron una dimensión emocional que superaba cualquier clasificación musical.
Eran memoria, identidad y resistencia.
De la cordillera al mundo
La historia de Inti-Illimani puede leerse, en buena medida, como un viaje de ida y vuelta.
Nació en las aulas de una universidad chilena. Encontró en Bolivia una de sus principales fuentes de inspiración. Creció en medio de las transformaciones políticas de Chile. Fue expulsada simbólicamente de su patria por una dictadura y encontró en Roma un laboratorio para reinventarse.
El exilio terminó modificando profundamente su relación con la música.
Aquellos jóvenes que habían llegado a La Paz para descubrir los sonidos de la cordillera regresaron a Europa convertidos en intérpretes capaces de hacer dialogar la quena y la zampoña con las cuerdas europeas, la tradición andina con el barroco, la canción política con la música de cámara y la memoria latinoamericana con las sensibilidades de públicos de todo el mundo.
Ese proceso explica buena parte de la permanencia de Inti-Illimani.
No fueron solamente músicos del folklore. Tampoco fueron únicamente cantores políticos.
Fueron constructores de un lenguaje.
Uno que tomó elementos de distintas culturas para convertirlos en una identidad sonora propia.
Por eso, cuando las quenas de Alturas comienzan a respirar sobre las cuerdas, lo que emerge no es solamente una melodía. Aparece la memoria de la cordillera, el paisaje boliviano que los marcó, la historia de Chile, el dolor del exilio y la esperanza de quienes encontraron en la música una forma de resistencia.
Inti-Illimani consiguió algo que pocas agrupaciones latinoamericanas han logrado: convertir una experiencia histórica particular en una expresión universal.
El viento que alguna vez descendió de los Andes y llegó hasta aquellos jóvenes músicos en la Peña Naira terminó cruzando fronteras, océanos y generaciones.
Y todavía hoy, cuando suenan las quenas, las zampoñas y las guitarras, aquella música parece recordarnos que una canción puede ser al mismo tiempo territorio, memoria y libertad.Autor
Nelson Martínez Espinoza
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
Más en Cultura en Acción
Del barrio a la nube: cómo cambió el tiempo libre entre los nacidos en los años 60 y los nacidos en el 2000
Dos generaciones, dos maneras de aburrirse, divertirse y relacionarse con el mundo
