Clovis Díaz de Oropeza: el hombre que dibujó la historia de Bolivia
De la sátira política a la memoria de Tiwanaku, la cultura popular y los habitantes de La Paz
Autorretrato
Hay artistas que ingresan a la historia por la monumentalidad de sus obras. Otros lo hacen a través de libros, pinturas, esculturas o instituciones. Y existen aquellos cuya trayectoria se encuentra dispersa en las páginas de periódicos y revistas, en caricaturas, historietas, ilustraciones, libros de investigación y dibujos realizados al ritmo de la vida cotidiana.
Clovis Díaz de Oropeza pertenece a esta última estirpe.
Durante más de seis décadas, su lápiz ha acompañado distintos momentos de la vida boliviana. Ha dibujado políticos y personajes públicos, pero también campesinos, habitantes de los mercados, protagonistas de la historia, personajes de la tradición popular y ciudadanos anónimos que caminan por las calles de La Paz.
Su nombre está asociado a los espacios de caricaturas y tiras cómicas de los periódicos Presencia, Hoy, Jornada, Última Hora, El Diario, La Razón, Los Tiempos, El Día y El Deber. Sus publicaciones, llenas de humor político, cuentan el devenir del país durante el siglo XX.
Su labor no se limitó a la ironía y la sátira. También participó en numerosas publicaciones como ilustrador, caricaturista e historietista, y fue director de varios diarios nacionales.
Trabajó junto a investigadores de la cultura popular; convirtió episodios de la historia nacional en historietas; realizó ilustraciones para numerosas publicaciones de Mariano Baptista Gumucio; participó en investigaciones relacionadas con la búsqueda de los restos de Ernesto Che Guevara y dedicó parte de su producción reciente a observar y dibujar a los habitantes de La Paz.
Más que un caricaturista, Clovis Díaz de Oropeza puede ser leído como un cronista visual de Bolivia.
Su obra permite recorrer el país desde una perspectiva singular: la de quien transforma la observación en memoria.
El hombre detrás del dibujo
Clovis nació el 28 de noviembre de 1935 en Tupiza, donde vivió hasta los ocho años. Desde muy niño se aficionó al dibujo. La inspiración llegó de la mano de su tío abuelo, Fortunato Díaz de Oropeza, un gran dibujante y pintor potosino.
Luego se fue a Cochabamba para estudiar en el colegio La Salle. Su primera salida al exterior fue a Brasil, donde trabajó en el periódico Jornal do Brasil y en otros dos periódicos. Allí formó parte de una generación de destacados dibujantes de ese país, junto a Ziraldo Alves Pinto.
Estudiaba Ciencias Políticas y periodismo durante el día y trabajaba por la noche. «Allí me fue muy bien y gané plata», recuerda. Ganó tanto dinero que se fue durante un año a París.
En esa ciudad se puso a trabajar con René Goscinny creador de Astérix, el personaje de historieta más famoso del mundo.
De regreso al país, Clovis inició una etapa de fuerte crítica política a las dictaduras militares. Luego del golpe del general Banzer, se exilió en México, Perú y Chile, hasta antes de la caída de Allende.
Al retornar del exilio, el periodista Jaime Humérez lo invitó a trabajar en Radio Méndez y luego se vinculó al periódico Hoy.
Los registros oficiales identifican al artista como Clovis Díaz de Oropeza Ferreira. En 2016, el Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (SENAPI) lo registró con ese nombre como autor de A nivel del suelo, ancestro precolombino en los mercados populares de La Paz. Sin embargo, en sus publicaciones y en los registros bibliográficos aparece habitualmente como Clovis Díaz de Oropeza F.
Es uno de los dibujantes bolivianos con la trayectoria más extensa, su obra termina siendo una de las principales puertas de entrada a su biografía.
Y esa obra comienza a adquirir presencia en el ambiente gráfico paceño de la década de 1960.
La generación de los grandes pensadores
El país de los años sesenta estaba marcado por las transformaciones producidas después de la Revolución Nacional de 1952, por las tensiones políticas y sociales y por una creciente presencia de los militares en la vida pública. En ese escenario, el humor gráfico se convirtió en un espacio privilegiado para observar y cuestionar el poder.
En la década de los años sesenta surgieron varias revistas y publicaciones de humor político boliviano. Se destacaron importantes dibujantes y humoristas, entre ellos Ricardo Frías, Jorge Villanueva, Julio Arce, Rubén Mallea, Luis Bellido, Pepe Luque, Ricardo Pérez Alcalá, Abraham Quiroz y Clovis Díaz.
A la par, en otras latitudes y durante la década de los setenta, destacaron Quino, Rius, René Gascionny y Albert Uderzo creadores de Astérix el Galo.
Era una generación que entendía que el dibujo podía decir aquello que muchas veces resultaba difícil expresar mediante la palabra. Personas de todas las clases sociales disfrutaban de la caricatura como forma de entretenimiento, con una fuerte dosis de reflexión crítica.
La caricatura política tenía una ventaja: podía condensar en una sola imagen una situación compleja, desnudar una contradicción o convertir a un poderoso en objeto de burla.
Díaz de Oropeza se formó en ese ambiente.
No era simplemente un ilustrador que acompañaba textos periodísticos. Su dibujo tenía autonomía. Una nariz exagerada, un gesto, una postura corporal, una mirada o una manera particular de vestir podían convertirse en signos capaces de identificar y caracterizar a una persona pública.
La caricatura no reproducía al personaje.
Lo interpretaba.
Dibujar el poder
La caricatura política exige una mirada distinta de la ilustración convencional. El caricaturista no solamente observa un rostro: busca aquello que puede revelar al personaje.
En la obra de Clovis Díaz de Oropeza, esa mirada se desarrolló estrechamente vinculada al periodismo. Sus exposiciones y trabajos estuvieron dirigidos a personajes de la prensa, las letras y la política.
El resultado era una especie de segundo periódico.
Mientras el periodista podía escribir: «Esto ocurrió», el caricaturista podía responder, desde una imagen: «Así puede interpretarse lo ocurrido».
Esa condición explica buena parte de la importancia histórica de su trabajo.
En una época en la que una viñeta podía provocar una reacción inmediata y llegar a públicos mucho más amplios que un texto especializado, la caricatura se convirtió en un instrumento de interpretación de la realidad.
Díaz de Oropeza formó parte de esa tradición.
Justina, una mujer joven de pollera, y su niño cargado en la espalda fueron sus personajes favoritos. Ubicados a un costado de los hechos, ellos daban la puntada final con un comentario sarcástico o una chispa de ironía. Fue a raíz de Justina, que en realidad encubre la palabra «Justicia», que Clovis Díaz fue perseguido y exiliado.
De
dibujante a director
Su trayectoria tampoco se limitó a la producción de caricaturas.
Una referencia biográfica sobre el dibujante José Eduardo Flores, conocido como «Lalo», registra que este colaboró con Alacrán, revista dirigida por Clovis Díaz.
El dato es significativo.
Clovis Díaz no solamente dibujaba: también participaba en la construcción editorial de publicaciones humorísticas. Su experiencia abarcó distintas funciones: caricaturista, ilustrador, dibujante, autor, director de revista y cronista gráfico.
Con el paso del tiempo, a estas dimensiones se sumaría otra: la investigación cultural.
1970: cuando la caricatura llegó a las galerías
Uno de los testimonios más reveladores de su consolidación artística corresponde a una exposición realizada en 1970 en la Asociación de Periodistas de La Paz.
Clovis Díaz presentó entonces alrededor de 60 caricaturas dedicadas a personajes del periodismo, la literatura y la política.
No se trataba ya de la producción ocasional de un dibujante de prensa. Había detrás una obra suficientemente amplia como para sostener una exposición individual.
El artista proyectaba, además, una nueva muestra dedicada a diplomáticos y extranjeros, mientras buscaba avanzar hacia una expresión gráfica más depurada y sintética.
La caricatura comenzaba a desprenderse de elementos innecesarios para concentrarse en aquello que hacía reconocible al personaje.
Era, también, una forma de modernización del lenguaje gráfico.
El humor en tiempos de dictadura
La década de 1970 modificó radicalmente las condiciones políticas del país.
El golpe de Estado del 21 de agosto de 1971 y la posterior dictadura de Hugo Banzer marcaron un período de persecución, censura y exilio. Para un artista vinculado al humor político, ese escenario representaba un desafío particular.
La documentación disponible sitúa posteriormente a Clovis Díaz en experiencias vinculadas con el exilio boliviano y con la circulación latinoamericana del humor político. Durante su permanencia en México habría participado, junto a Jorge Mansilla Torres (Coco Manto), en proyectos relacionados con la situación política boliviana.
Ese período lo vinculó, además, con Eduardo del Río, conocido como Rius, uno de los grandes nombres de la caricatura mexicana.
La experiencia muestra que el humor gráfico boliviano no permanecía aislado. Formaba parte de una red latinoamericana donde circulaban ideas, estilos y estrategias de crítica política.
El dibujo podía cruzar fronteras.
Y también podía convertirse en una forma de resistencia.
El descubrimiento de la cultura popular
Uno de los capítulos más importantes de la trayectoria de Clovis Díaz se encuentra lejos de la caricatura política.
Su relación con Antonio Paredes Candia abrió una nueva dimensión en su trabajo: la representación gráfica de la cultura popular boliviana.
Clovis Díaz de Oropeza aportó algo fundamental a esa tarea:
la imagen.
En 1966 aparece como ilustrador de Juegos, juguetes y divertimentos del folklore de Bolivia, publicado por Ediciones Isla. Ese mismo año participa como ilustrador de La danza folklórica en Bolivia.
La colaboración continuaría durante décadas.
En Cuentos populares bolivianos, publicado en 1973, comparte la responsabilidad de las ilustraciones con Mario Eloy Vargas y José Ostria Garrón.
Más adelante, en 1989, ilustra la portada de Ellos no tenían zapatos..., una obra relacionada con la infancia en situación de pobreza y la sociedad urbana popular.
En estos trabajos aparece otra faceta de Clovis Díaz: la sensibilidad social.
El dibujo ya no tenía únicamente la función de provocar risa o ridiculizar al poder. También podía mostrar la pobreza, registrar una costumbre o conservar visualmente una práctica cultural.
Dibujar la muerte, los juegos y la memoria
En 1995, Clovis Díaz de Oropeza figura como dibujante de Tukusiwa o La muerte, una obra dedicada a un tema profundamente relacionado con los símbolos, rituales y representaciones de la cultura popular.
En 1998 participa en Juegos Tradicionales Bolivianos, junto a Jorge Villanueva «Villas».
En cada uno de estos trabajos aparece una misma preocupación: conservar mediante la imagen aquello que podría desaparecer de la memoria colectiva.
El lápiz se convierte así en una herramienta documental.
La historia entra en la historieta
A partir de 2010 se produce otra transformación importante en su producción.
Clovis Díaz comienza a utilizar de manera más sistemática la historieta para contar episodios y personajes de la historia boliviana.
Ese año publica Tiwanaku, una obra de 32 páginas editada por Plural y clasificada bibliográficamente como historieta histórica.
También publica Tambor Mayor José Santos Vargas, una «historia-historieta de Bolivia» dedicada al protagonista de las guerrillas independentistas.
La decisión de utilizar la historieta no es menor.
La historia, que habitualmente llega al público a través de libros académicos, documentos y discursos escolares, adquiere otra posibilidad narrativa cuando se transforma en una secuencia de imágenes.
Díaz de Oropeza convierte el acontecimiento histórico en relato visual.
Ese mismo año publica La otra K'hara del indigenismo, obra que vuelve a colocar en el centro de su producción las preguntas sobre identidad, indigenismo y cultura boliviana.
El Che Guevara y la investigación documental
Otra dimensión singular de su trayectoria aparece en relación con la búsqueda de los restos de los guerrilleros ejecutados en Vallegrande.
La documentación señala su participación en esa búsqueda en 1995.
Años después, esa experiencia se transformaría en el libro Búsqueda y hallazgo del Che, publicado por Plural en 2017.
La obra reconstruye el proceso de búsqueda e identificación de los restos de Ernesto Che Guevara a partir de informes científicos, fotografías y registros de excavaciones realizadas entre 1995 y 1997.
Aquí el caricaturista se transforma en investigador.
Su interés ya no consiste solamente en representar visualmente un acontecimiento, sino en reconstruirlo y documentarlo.
La historia vuelve a aparecer, pero esta vez acompañada de testimonios, fotografías, excavaciones y memoria territorial.
Vallegrande deja de ser únicamente el escenario de un episodio histórico y se convierte en un territorio habitado por personas cuya memoria también forma parte de la historia.
Del pasado prehispánico a los saberes andinos
La mirada de Clovis Díaz de Oropeza se extendería posteriormente hacia otros ámbitos de la cultura boliviana.
Su producción incluye trabajos sobre la historia de La Paz, el patrimonio arqueológico, los pueblos originarios y las tradiciones andinas.
En 2020 publica un trabajo relacionado con el mundo mágico y científico de los kallawayas, acercándose nuevamente a un universo donde conocimiento, tradición, territorio y memoria se encuentran.
También aparece vinculado a investigaciones sobre Tyapasa, donde se lo menciona como promotor de una expedición realizada en 1985.
El dato resulta revelador porque muestra que su interés por la cultura no se limitó al trabajo de escritorio o al dibujo. En determinados momentos también participó en experiencias de investigación de campo vinculadas con el patrimonio cultural.
La Paz: del político al ciudadano anónimo
Quizá uno de los cambios más interesantes de su producción reciente sea el desplazamiento de la mirada.
El caricaturista que durante décadas observó a políticos y personajes públicos comenzó a prestar una atención cada vez mayor a los ciudadanos comunes.
En 2022 publicó una serie de dibujos de habitantes de distintos barrios de La Paz, realizados a partir de observaciones en mercados populares.
En 2024 presentó una serie de más de un centenar de dibujos de ciudadanos en tránsito por la ciudad.
El centro de su mirada se desplazó.
Del poder político pasó a la vida cotidiana.
Pero, en realidad, el principio continuaba siendo el mismo: observar al ser humano como personaje social.
El político, el personaje histórico, el danzante, el trabajador, el comerciante, el habitante de un barrio paceño y el ciudadano que camina por una calle pueden parecer figuras distintas.
Para el dibujante, todos contienen una historia.
El método de observar
La obra de Clovis Díaz de Oropeza permite identificar un método construido durante décadas.
Primero está la observación directa.
Después aparece la síntesis visual, mediante la cual una persona o situación queda reducida a sus rasgos esenciales.
Luego está la exageración expresiva, característica de la caricatura.
A ello se suma la contextualización social, porque sus personajes no existen aislados, sino dentro de una época, un territorio y una determinada realidad.
Finalmente aparece la construcción de memoria.
Es allí donde su trabajo adquiere una dimensión que supera el entretenimiento.
Díaz de Oropeza dibuja para interpretar, pero también dibuja para conservar.
Enseñar a mirar y dibujar
Su interés por el dibujo también se ha expresado en la producción de materiales pedagógicos.
En su producción digital aparece El método de caricaturas, orientado a la enseñanza del dibujo en contextos educativos.
En 2020 publica además de "Política y caricaturas" una reflexión sobre la evolución del humor gráfico en la era digital.
La preocupación por el lenguaje gráfico continúa, por tanto, más allá de los soportes tradicionales.
El papel ha sido sustituido o acompañado por las plataformas digitales, pero la pregunta permanece: ¿cómo representar una sociedad mediante imágenes?
Una obra entre el poder y la calle
La trayectoria de Clovis Díaz puede entenderse a partir de dos grandes polos.
Por un lado, el poder político.
Por otro, la vida cotidiana.
Entre ambos se mueve su mirada.
Durante su etapa inicial como dibujante, observó a presidentes, militares y dirigentes políticos. En sus trabajos posteriores observó tradiciones, personajes históricos, pueblos originarios, mercados, barrios y ciudadanos.
Cambió el objeto, pero no el método.
Siempre estuvo detrás la observación.
Siempre estuvo presente la intención de encontrar en un rostro, una postura o una escena aquello que permitiera contar algo más amplio sobre Bolivia.
Un cronista visual de seis décadas
La trayectoria de Clovis Díaz de Oropeza atraviesa más de seis décadas de historia cultural boliviana.
Comenzó en la prensa humorística, en una época en la que la caricatura constituía una poderosa herramienta de crítica política.
Continuó como director de publicaciones, ilustrador y colaborador de investigadores.
Dibujó la cultura popular.
Ilustró libros sobre folklore, juegos, cuentos, muerte y tradiciones.
Representó personajes históricos.
Convirtió la historia en historieta.
Participó en investigaciones vinculadas con uno de los episodios políticos más conocidos de América Latina: la guerrilla del Che Guevara.
Y, en sus años recientes, regresó a la calle para dibujar a los habitantes de La Paz.
Ese recorrido permite comprender la singularidad de su legado.
No se trata solamente de la cantidad de dibujos producidos, que, por cierto, son miles.
Se trata de la diversidad de aquello que decidió mirar.
El
archivo que todavía falta
Precisamente por la amplitud de su trayectoria existe una tarea pendiente.
La producción de Clovis Díaz de Oropeza está dispersa en periódicos, revistas, libros, exposiciones y plataformas digitales. Una parte importante de ese material necesita ser localizada, clasificada, fechada y conservada.
La construcción de un archivo integral permitiría dimensionar con mayor precisión el aporte del artista a la caricatura, la historieta, la ilustración y la memoria cultural boliviana.
También permitiría reconstruir aquellos capítulos de su biografía que todavía permanecen incompletos.
Porque la historia de un dibujante también está en sus dibujos.
Clovis Díaz, una vida dibujando Bolivia
Clovis Díaz de Oropeza pertenece a una tradición de artistas que encontraron en la imagen una manera de interpretar el país.
Su trayectoria demuestra que la caricatura puede ser humor, crítica política, ilustración, pedagogía, investigación y memoria.
Esa continuidad constituye quizá la clave de su obra.
Clovis Díaz de Oropeza nunca dejó de observar.
Y, al observar, convirtió personas, acontecimientos, costumbres y lugares en imágenes capaces de sobrevivir al instante.
Por eso, su trayectoria puede ser leída como algo más que la historia de un caricaturista.
Es la historia de un hombre que convirtió el dibujo en una forma de mirar Bolivia.
Y, sobre todo, en una forma de recordarla.
Autor
Nelson Martínez Espinoza
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
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