Investigación Periodística

El Cono Sur La nueva frontera del crimen organizado

Nelson Martínez Espinoza27 de julio de 2026
7 min de lectura
Compartir:
El Cono Sur La nueva frontera del crimen organizado

CAPÍTULO IV


Durante muchos años, el Cono Sur fue considerado una zona relativamente alejada de las grandes disputas del narcotráfico latinoamericano. Mientras México enfrentaba carteles cada vez más poderosos y Colombia libraba una guerra prolongada contra organizaciones criminales, países como Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay y Chile parecían ocupar un papel secundario dentro del negocio continental.

Esa percepción quedó atrás.

La expansión del comercio marítimo internacional, el crecimiento del consumo regional y la consolidación de nuevas organizaciones criminales transformaron profundamente el mapa del crimen organizado.

Hoy, el Cono Sur constituye uno de los principales centros logísticos para la exportación de cocaína hacia Europa y África, además de albergar algunas de las estructuras criminales más poderosas del continente.

La lógica resulta evidente.

Mientras la región andina produce cocaína y Centroamérica facilita el acceso al mercado estadounidense, el Atlántico Sur ofrece una salida eficiente hacia los mercados europeos mediante puertos con un intenso movimiento comercial.

El negocio encontró una nueva puerta de entrada.

Brasil

El gigante donde convergen todas las rutas

Ningún país resume mejor esta transformación que Brasil.

Su enorme extensión territorial, sus miles de kilómetros de fronteras, su condición de uno de los mayores mercados consumidores de cocaína del mundo y la magnitud de sus puertos lo convierten en el principal nodo logístico del crimen organizado sudamericano.

Por territorio brasileño ingresan cargamentos procedentes de Bolivia, Perú y Colombia.

Desde allí, parte de la droga abastece el mercado interno mientras otra continúa viaje hacia Europa utilizando principalmente los puertos de Santos, Paranaguá, Río de Janeiro e Itajaí.

El verdadero cambio no ocurrió únicamente en las rutas.

También surgieron organizaciones criminales capaces de proyectar su influencia mucho más allá de las fronteras nacionales.

El Primeiro Comando da Capital (PCC) constituye el ejemplo más representativo de esta evolución.

Nacido dentro del sistema penitenciario paulista durante la década de 1990, el PCC dejó de ser una organización carcelaria para convertirse en una estructura empresarial transnacional con presencia en varios países sudamericanos.

Su crecimiento modificó completamente la dinámica regional.

En lugar de controlar directamente toda la cadena del narcotráfico, el PCC desarrolló alianzas con productores andinos, grupos paraguayos, organizaciones bolivianas y operadores portuarios brasileños.

La cooperación reemplazó, en muchos casos, la confrontación.

Ese modelo redujo costos, disminuyó riesgos y amplió significativamente la capacidad de exportación.

El crimen organizado brasileño también diversificó sus fuentes de ingresos.

Además del narcotráfico, participa activamente en el tráfico de armas, el robo de carga, el contrabando, el lavado de activos, la minería ilegal y el control de economías urbanas informales.

En numerosas ciudades, especialmente en Río de Janeiro y São Paulo, organizaciones criminales administran territorios donde el Estado mantiene una presencia limitada, regulando actividades económicas y ejerciendo control sobre comunidades enteras.

Brasil dejó de ser únicamente un país de tránsito.

Se convirtió en uno de los centros de decisión del crimen organizado latinoamericano.

Paraguay

El puente invisible

Si Brasil representa el músculo económico del sistema, Paraguay constituye uno de sus principales corredores logísticos.

Su ubicación entre Bolivia, Brasil y Argentina lo transformó en un territorio ideal para redistribuir cocaína hacia el Atlántico y, al mismo tiempo, en uno de los mayores productores de marihuana de Sudamérica.

Las regiones fronterizas de Amambay, Canindeyú y Alto Paraná concentran buena parte de esta actividad. Allí, las autoridades paraguayas mantienen operaciones permanentes junto a la Policía Federal brasileña para destruir plantaciones, laboratorios y campamentos clandestinos utilizados por organizaciones criminales.

Sin embargo, la mayor preocupación ya no se limita a la producción de drogas.

Especialistas advierten que la fortaleza del crimen organizado reside en su capacidad para infiltrar instituciones públicas mediante corrupción, lavado de activos y empresas de fachada. La violencia contra periodistas, fiscales y autoridades que investigan estas redes refleja el elevado nivel de riesgo que enfrentan quienes intentan desarticularlas.

La presencia del PCC en la frontera paraguayo-brasileña evidencia hasta qué punto las organizaciones criminales dejaron de responder a lógicas estrictamente nacionales.

Las fronteras funcionan como espacios de integración criminal mucho más que como barreras de contención.

Argentina

Rosario: cuando el narcotráfico cambia de escala

Durante décadas Argentina fue considerada principalmente un país de tránsito.

Esa definición ya resulta insuficiente.

Hoy combina tres funciones estratégicas: mercado de consumo, plataforma logística y punto de exportación hacia Europa.

Rosario simboliza esa transformación.

La ciudad, ubicada sobre el río Paraná, concentra una intensa actividad portuaria y una compleja red logística que la convirtió en escenario de disputas entre organizaciones criminales. Aunque los niveles de homicidios han disminuido respecto de los momentos más críticos, la violencia asociada al control del mercado de drogas continúa siendo uno de los principales desafíos para las autoridades.

El problema excede ampliamente a Rosario.

Las provincias del norte argentino constituyen corredores naturales para la cocaína procedente de Bolivia, Perú y Paraguay. Desde allí, la droga continúa viaje hacia los puertos fluviales y marítimos que abastecen mercados internacionales.

Al mismo tiempo, el lavado de activos, el uso de empresas legales y la corrupción representan desafíos crecientes para la capacidad institucional del Estado.

Uruguay

El puerto discreto

Pocas imágenes resultan tan ilustrativas del nuevo crimen organizado como la del Puerto de Montevideo.

Durante años fue reconocido como uno de los principales motores del comercio exterior uruguayo.

Hoy también aparece con frecuencia en investigaciones internacionales sobre cargamentos de cocaína ocultos en contenedores destinados a Europa.

La estabilidad institucional uruguaya constituye simultáneamente una fortaleza y una vulnerabilidad.

Mientras el Estado conserva elevados niveles de capacidad administrativa, las organizaciones criminales intentan aprovechar la sofisticación logística y financiera del país para mover mercancías y ocultar activos ilícitos.

La violencia asociada al narcotráfico sigue siendo comparativamente menor que en otros países de la región, pero el crecimiento del microtráfico, el lavado de dinero y las redes internacionales obliga a reforzar la cooperación entre Argentina y Brasil.

Chile

Cuando la seguridad deja de ser una ventaja

Chile fue considerado uno de los países más seguros de América Latina.

Ese escenario comenzó a modificarse conforme organizaciones criminales transnacionales identificaron nuevas oportunidades en sus puertos, sus pasos fronterizos y sus mercados urbanos.

Las regiones del norte, próximas a Perú y Bolivia, adquirieron un valor estratégico para el ingreso de cocaína y otras economías ilícitas. Paralelamente, investigaciones judiciales revelan un aumento de secuestros, extorsiones y homicidios asociados al crimen organizado.

Uno de los fenómenos que mayor preocupación genera es la expansión del Tren de Aragua, organización de origen venezolano cuya presencia modificó el perfil de la criminalidad en varios países sudamericanos. Sus actividades abarcan narcotráfico, trata de personas, secuestros, extorsión y homicidios, lo que obligó a reforzar la cooperación internacional para su persecución.

Chile conserva instituciones sólidas y una importante capacidad investigativa, pero enfrenta un desafío inédito: impedir que organizaciones transnacionales consoliden redes permanentes dentro de su territorio.

El Atlántico también habla el idioma del crimen

Existe una imagen ampliamente difundida que identifica al Pacífico como la gran autopista de la cocaína.

Cada vez más cargamentos parten desde el Atlántico Sur rumbo a puertos europeos utilizando contenedores comerciales que circulan diariamente entre América y Europa.

Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay forman parte de ese circuito.

Chile complementa el sistema desde el Pacífico.

Las organizaciones criminales comprendieron que diversificar rutas reduce riesgos. Si un puerto incrementa los controles, otro absorbe parte del flujo. Si un corredor terrestre se vuelve inseguro, aparecen nuevas alternativas fluviales o marítimas.

La flexibilidad constituye la principal ventaja competitiva del crimen organizado.

Por eso el Cono Sur dejó de ser un escenario secundario.

Hoy representa uno de los espacios donde se decide el futuro del narcotráfico transnacional y donde las organizaciones criminales consolidan el poder económico que luego proyectan sobre el resto del continente.

La siguiente entrega abandonará el enfoque geográfico para entrar en la dimensión estructural del fenómeno: el crimen organizado del siglo XXI, abordando las finanzas ilícitas, el lavado de activos, la corrupción, la minería ilegal, la tecnología, las criptomonedas, la inteligencia criminal y los desafíos que enfrentan los Estados latinoamericanos para responder a redes que ya operan con lógica empresarial global.


Autor

Nelson Martínez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.