Investigación Periodística

La Paz al límite: de la crisis de la basura a la oportunidad energética

La ciudad de La Paz, urbe dinámica y compleja desde su fundación, ha crecido sin una planificación urbana acorde a su topografía abrupta y caprichosa ni a su acelerada expansión demográfica. Esta falta de adecuación estructural ha derivado en una crisis sanitaria y ambiental latente.

Manuel Rojas Boyan18 de septiembre de 2026
16 min de lectura
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La Paz al límite: de la crisis de la basura a la oportunidad energética

La crisis de los residuos en La Paz

La ciudad de La Paz enfrenta una crisis estructural en la gestión de los residuos sólidos urbanos. El crecimiento de los volúmenes de basura, la insuficiencia de infraestructura y la dependencia de sistemas de disposición final cada vez más saturados han generado un escenario de creciente preocupación ambiental y sanitaria.

Entre los principales problemas asociados a una gestión inadecuada de los residuos se encuentran la proliferación de bacterias anaeróbicas, la generación y emisión de metano (CH₄), un gas altamente inflamable, la producción de lixiviados contaminantes que pueden afectar ríos, suelos y acuíferos, y el incremento de vectores como moscas, roedores y perros callejeros.

Estas condiciones pueden contribuir a la aparición o agravamiento de problemas gastrointestinales, dérmicos y respiratorios, convirtiendo la gestión de residuos en un asunto que trasciende lo ambiental y se relaciona directamente con la salud pública.

El problema está asociado a varios factores críticos: la ausencia de suficientes plantas de separación, reciclaje y compostaje; la saturación acelerada de los espacios de disposición final; la dependencia de un único relleno sanitario, Sak’a Churu; la falta de una planificación metropolitana integral; y la vulnerabilidad del sistema ante bloqueos, conflictos sociales y emergencias ambientales.

El análisis del sistema actual muestra, por tanto, una infraestructura insuficiente frente al volumen de residuos generado y un riesgo sanitario asociado a la posible exposición de la población a agentes contaminantes y patógenos.

Según datos atribuidos a la Agencia Boliviana de Información (ABI), La Paz genera más de 579 toneladas diarias de residuos sólidos urbanos. Esta cantidad, sumada a las limitaciones de infraestructura y a la presión sobre los sitios de disposición final, plantea un desafío de grandes dimensiones para la administración municipal y para el conjunto de la región metropolitana.

Una historia marcada por el colapso

Para comprender la dimensión del problema es necesario revisar algunos antecedentes.

Durante décadas, La Paz ha recurrido a distintos espacios para la disposición de sus residuos. Estos lugares fueron cerrados progresivamente debido a la saturación, los riesgos ambientales y las dificultades para garantizar condiciones adecuadas de manejo.

Entre los principales antecedentes se encuentran Pampahasi/Orkojahuira, utilizado entre las décadas de 1970 y 1980; Callapa, durante los años ochenta y noventa; y posteriormente Mallasa y Alpacoma, utilizados entre 1990 y 2006.

En distintos momentos, estos espacios enfrentaron problemas relacionados con la acumulación de residuos, incendios, contaminación y ausencia de sistemas adecuados de tratamiento, compactación y cobertura.

La característica común de esta historia es que los sitios de disposición final han terminado siendo sustituidos cuando alcanzaron niveles críticos de saturación o cuando los riesgos asociados a su funcionamiento se hicieron difíciles de sostener.

La Paz, en consecuencia, ha cambiado de lugar de disposición final aproximadamente cada 10 o 15 años, sin que ello haya significado una transformación estructural del modelo de gestión de residuos.

Hoy, Sak’a Churu recibe la basura generada por la ciudad y enfrenta también una presión creciente sobre su capacidad. Aunque sus características técnicas son superiores a las de antiguos botaderos, su vida útil es limitada y, de acuerdo con los plazos señalados en el debate actual, su cierre está previsto para octubre de 2026.

El problema fundamental es que todavía no existe un sistema integral de valorización capaz de reducir de manera significativa el volumen de residuos que termina enterrado.

Por ello, el desafío de La Paz no consiste simplemente en encontrar un nuevo lugar donde depositar la basura. Lo que se necesita es una política metropolitana de gestión de residuos que contemple separación, reciclaje, compostaje, tratamiento, valorización energética y disposición final segura.

Una crisis que trasciende a La Paz

La problemática no puede analizarse únicamente desde los límites administrativos del municipio paceño.

La ciudad de La Paz y El Alto forman parte de un espacio urbano estrechamente relacionado, con flujos permanentes de población, actividades económicas, transporte, servicios y generación de residuos. Sin embargo, la cooperación intermunicipal en materia de gestión integral de residuos continúa siendo insuficiente frente a la magnitud del problema.

Entre el 12 y el 30 de agosto de 2026, La Paz experimentó una interrupción crítica en el servicio de recolección de basura. De acuerdo con datos proporcionados por ABI, durante 14 días de conflicto municipal se acumularon aproximadamente 8.106 toneladas de residuos.

El episodio mostró la fragilidad de un sistema que puede quedar rápidamente desbordado cuando la recolección se interrumpe.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿es posible continuar administrando los residuos exclusivamente como un problema que consiste en recogerlos, transportarlos y enterrarlos?

La experiencia de otros países plantea una respuesta diferente.

Gansu: cuando los residuos se convierten en energía

Uno de los ejemplos que merece atención se encuentra en la provincia de Gansu, en el noroeste de China.

La experiencia china con la digestión anaerobia y los biodigestores tiene antecedentes históricos y tecnológicos que se remontan a décadas atrás. El modelo de digestor de cúpula fija fue estandarizado durante la década de 1960, mientras que las prácticas de aprovechamiento de residuos orgánicos mediante digestión anaerobia tenían antecedentes anteriores en comunidades rurales.

El principio es sencillo: los residuos orgánicos y otros materiales biodegradables son introducidos en una cámara cerrada, donde, en ausencia de oxígeno, microorganismos descomponen la materia orgánica y producen biogás, cuyo componente energético principal es el metano.

En experiencias tradicionales, el gas producido podía ser utilizado para cocinar o iluminar, mientras que los residuos resultantes del proceso podían aprovecharse como fertilizantes.

La importancia de este modelo no reside únicamente en la tecnología. También está en la lógica con la que se concibe el residuo.

La basura orgánica deja de ser considerada exclusivamente un desecho y pasa a convertirse en una materia prima capaz de producir energía y nutrientes para la agricultura.


Una tecnología sencilla con posibilidades modernas

La digestión anaerobia permite comprender que el problema de los residuos orgánicos puede abordarse desde otra perspectiva.

Cuando la materia orgánica se descompone sin oxígeno, produce biogás. Este puede ser capturado, tratado y utilizado como fuente energética.

El proceso permite, además, reducir la cantidad de materia orgánica que llega a los rellenos sanitarios y disminuir la generación descontrolada de gases y lixiviados.

La tecnología moderna puede llevar este principio mucho más lejos que los sistemas tradicionales: plantas de tratamiento, biodigestores de diferentes escalas, sistemas de captura de biogás y procesos de generación eléctrica o producción de biometano pueden integrarse dentro de una estrategia de economía circular.

Esto significa que La Paz no necesariamente está condenada a repetir el ciclo histórico de saturar un botadero, cerrarlo y buscar otro.

La alternativa consiste en reducir la cantidad de residuos que llegan a disposición final y transformar una parte de ellos en materiales recuperables, compost y energía.

Se nos fue el gas

La discusión sobre los residuos adquiere una dimensión adicional cuando se la relaciona con la situación energética de Bolivia.

Durante décadas, el gas natural fue uno de los principales pilares de la economía y del sistema energético boliviano. El país construyó una importante infraestructura para su producción, transporte y distribución, al mismo tiempo que exportó grandes volúmenes hacia mercados regionales.

Sin embargo, la disminución de las reservas y de la producción de gas natural ha puesto en evidencia la necesidad de replantear el futuro energético del país.

La eventual reducción de la disponibilidad de gas no debería ser interpretada únicamente como un problema de abastecimiento. También constituye una oportunidad para discutir la diversificación de la matriz energética.

En ese contexto, los residuos orgánicos pueden formar parte de una estrategia complementaria.

La gestión adecuada de la basura no resolverá por sí sola las necesidades energéticas de Bolivia, pero puede contribuir a generar fuentes locales de energía, especialmente en ciudades que producen grandes cantidades de residuos orgánicos.

De esta manera, dos problemas aparentemente separados —la basura y la disponibilidad de combustibles— pueden ser abordados dentro de una misma estrategia de transición energética y economía circular.

La basura como recurso

El caso de La Paz permite plantear una pregunta que debería formar parte del debate público: ¿por qué seguir considerando todos los residuos como basura cuando una parte importante de ellos puede convertirse en materia prima?

La respuesta requiere modificar hábitos, infraestructura y políticas públicas.

El primer paso es la separación en origen.

Los residuos orgánicos deben separarse de los materiales reciclables y de aquellos que requieren tratamientos especiales. Los plásticos, metales, vidrios, papel y cartón pueden seguir cadenas de recuperación y reciclaje, mientras que los residuos orgánicos pueden destinarse al compostaje o a procesos de digestión anaerobia.

La separación no es solamente una tarea técnica. Requiere educación ambiental y participación ciudadana.

La población debe comprender que la gestión de residuos comienza en el hogar, en los mercados, en restaurantes, en las instituciones públicas, en las industrias y en los establecimientos comerciales.

Sin separación en origen, cualquier planta de tratamiento tendrá mayores costos y dificultades para recuperar materiales.

Por ello, una política moderna de residuos debe combinar infraestructura, educación, regulación, incentivos económicos y participación social.

Dinamarca y la transición energética

La experiencia de Dinamarca ofrece otro referente para analizar la transición hacia fuentes energéticas alternativas.

El país ha desarrollado durante décadas una política orientada a diversificar su matriz energética, con una fuerte expansión de la energía eólica y otras fuentes renovables.

En paralelo, ha desarrollado sistemas para el tratamiento de residuos y el aprovechamiento energético de determinados materiales.

La lección que puede extraerse no consiste en copiar mecánicamente el modelo danés. Las condiciones económicas, geográficas, tecnológicas y sociales de Dinamarca son diferentes de las de Bolivia.

Sin embargo, su experiencia demuestra que la transición energética requiere políticas sostenidas, educación ciudadana, infraestructura y cambios progresivos en los hábitos de consumo y gestión de residuos.

La generación de energía a partir de residuos orgánicos puede formar parte de esa transición siempre que se realice bajo estándares ambientales adecuados y dentro de una estrategia integral.

Suecia: cuando los residuos adquieren valor

Otro ejemplo frecuentemente citado es el de Suecia, país que ha desarrollado sistemas avanzados de tratamiento y aprovechamiento energético de residuos.

La experiencia sueca demuestra que una gestión eficiente puede reducir considerablemente la cantidad de residuos que termina en los rellenos sanitarios y aprovechar parte de ellos mediante diferentes procesos.

En este modelo, los residuos pueden convertirse en una fuente de energía para sistemas de calefacción urbana y otros usos, dentro de una infraestructura integrada de gestión de residuos y energía.

La idea fundamental es que la basura no necesariamente representa el final de un ciclo.

Puede convertirse en el inicio de otro.

Ese cambio de perspectiva es precisamente el que Bolivia necesita incorporar al debate.


La crisis de residuos también es una crisis de planificación

En Bolivia, la discusión sobre la basura suele aparecer cuando los residuos se acumulan en las calles, cuando se producen bloqueos, cuando un botadero alcanza su límite o cuando las comunidades cercanas a los sitios de disposición final protestan.

El problema es que, para entonces, las decisiones suelen llegar tarde.

El caso de La Paz demuestra la necesidad de anticiparse al colapso.

No basta con buscar un nuevo terreno para depositar residuos. Es necesario establecer una política metropolitana de largo plazo que determine cuánto se genera, cuánto se recupera, cuánto se transforma y cuánto debe llegar finalmente a disposición final.

También es necesario establecer responsabilidades claras entre municipios, gobiernos departamentales, Gobierno nacional, empresas operadoras, organizaciones sociales, universidades y ciudadanía.

La experiencia internacional muestra que los sistemas más complejos de gestión de residuos requieren continuidad institucional y políticas que trasciendan los periodos de gobierno.

La experiencia de Cochabamba

La problemática tampoco es exclusiva de La Paz.

En diciembre de 2025, dos personas murieron en Cochabamba en un contexto de conflicto relacionado con el depósito de residuos de K'ara K'ara.

El episodio evidenció nuevamente las tensiones sociales que pueden producirse alrededor de los sitios de disposición final y la resistencia de comunidades que conviven con los impactos ambientales asociados a la acumulación de residuos.

Estos conflictos muestran que la basura no es solamente un problema de limpieza urbana.

Es también un problema territorial, ambiental, social, económico y político.

Cuando una ciudad produce cientos de toneladas de residuos diariamente, alguien debe asumir los costos de su tratamiento y disposición final.

La pregunta central es si esos costos deben recaer indefinidamente sobre determinadas comunidades o si es posible desarrollar un sistema que reduzca, recicle y transforme la mayor cantidad posible de residuos antes de enterrarlos.

De la basura al biogás

La digestión anaerobia ofrece una de las posibilidades que podrían ser estudiadas en Bolivia.

Los residuos orgánicos separados pueden ser procesados en biodigestores para producir biogás. Posteriormente, este puede utilizarse para generar electricidad, producir calor o, después de procesos adecuados de purificación, convertirse en biometano.

El material resultante del proceso puede ser sometido a tratamientos para su aprovechamiento agrícola, siempre bajo controles sanitarios y ambientales.

Una planta de estas características no eliminaría todos los problemas de la basura. Los residuos no biodegradables continuarían requiriendo sistemas de reciclaje y disposición final, mientras que los materiales peligrosos necesitarían tratamientos específicos.

Sin embargo, permitiría reducir la cantidad de materia orgánica que llega a los rellenos sanitarios y aprovechar una fracción del residuo como recurso energético.

El objetivo no debería ser producir metano a cualquier costo, sino desarrollar un sistema integral que priorice la reducción, la reutilización, el reciclaje, el compostaje y, cuando corresponda, la valorización energética.

Educación y cambio cultural

Ninguna tecnología funcionará adecuadamente si la ciudadanía no participa.

La separación de residuos debe convertirse en una práctica cotidiana. Para ello se necesita una política permanente de educación ambiental.

Las escuelas y universidades pueden desempeñar un papel fundamental. También los medios de comunicación, las organizaciones vecinales, los mercados, las empresas y las instituciones públicas.

La educación ambiental debe explicar de manera sencilla qué ocurre con los residuos después de que salen de nuestras casas.

La población necesita saber que una botella de plástico, una cáscara de fruta, una lata, una pila o un residuo sanitario no tienen el mismo tratamiento.

Separar significa facilitar el reciclaje, reducir la contaminación y disminuir la cantidad de residuos que termina en los sitios de disposición final.

La transformación tecnológica debe ir acompañada, por tanto, de una transformación cultural.

¿Qué podría hacer La Paz?

La ciudad podría comenzar con un programa piloto de separación y aprovechamiento de residuos orgánicos en determinados mercados, barrios o unidades educativas.

A partir de experiencias controladas sería posible evaluar la cantidad de residuos disponibles, su composición, los costos de transporte y tratamiento, el potencial de producción de biogás y las posibilidades de utilización de la energía generada.

Las universidades podrían participar en la investigación y evaluación técnica.

El sector privado podría aportar tecnología e inversión.

Los municipios podrían establecer sistemas de recolección diferenciada.

Las organizaciones sociales podrían participar en la educación y el control ciudadano.

Y el Estado podría establecer normas, incentivos y mecanismos de financiamiento.

Una política de estas características requeriría transparencia, información pública y mecanismos de control social para evitar que una solución ambiental termine convirtiéndose en otro problema de gestión.

Una oportunidad frente a dos crisis

Bolivia enfrenta simultáneamente dos desafíos que pueden ser abordados desde una misma perspectiva: la creciente generación de residuos y la necesidad de diversificar sus fuentes energéticas.

La basura no reemplazará al gas natural.

Tampoco resolverá por sí sola la crisis energética.

Pero una gestión moderna de los residuos puede generar energía, reducir contaminación, recuperar materiales, producir compost y crear nuevas actividades económicas.

El verdadero cambio consiste en dejar de considerar la basura como el último eslabón de una cadena y comenzar a verla como parte de un sistema circular.

La economía circular propone precisamente romper con la lógica de usar y desechar.

En lugar de extraer recursos, producir bienes, consumirlos y enterrarlos, se busca recuperar materiales y reincorporarlos a nuevos ciclos productivos.

Para Bolivia, esta perspectiva podría representar una oportunidad de innovación ambiental y económica.

El desafío está en tomar decisiones de largo plazo

La Paz necesita superar la lógica de emergencia permanente.

Cada vez que se bloquea un camino, se paraliza la recolección o se satura un botadero, la ciudad descubre nuevamente la fragilidad de su sistema.

Pero la solución no puede depender de la próxima emergencia.

Se necesita planificación metropolitana, inversión, investigación científica, educación ambiental y continuidad de las políticas públicas.

También es necesario establecer sistemas de información confiables que permitan conocer cuánto residuo produce cada municipio, qué composición tiene, cuánto puede reciclarse, cuánto puede convertirse en compost y cuánto tiene potencial energético.

La toma de decisiones debe basarse en evidencia y no únicamente en respuestas coyunturales.

La crisis de Sak’a Churu debería servir como una señal de alerta para iniciar esa transformación.

La salud de La Paz no puede depender de la improvisación

La gestión de residuos es, en última instancia, una política de protección de la vida.

Una ciudad que no puede recoger, tratar y disponer adecuadamente sus residuos se expone a problemas ambientales, conflictos sociales y riesgos sanitarios.

Por ello, el debate sobre la basura debe dejar de limitarse a la pregunta de dónde colocarla.

La pregunta correcta es qué hacer con ella antes de que llegue al botadero.

La Paz puede estudiar experiencias internacionales, adaptarlas a sus propias condiciones y desarrollar soluciones tecnológicas y sociales propias.

Gansu demuestra que la materia orgánica puede transformarse en biogás.

Dinamarca muestra la importancia de una transición energética sostenida.

Suecia demuestra que los residuos pueden integrarse a sistemas de recuperación y generación energética.

Bolivia tiene, además, universidades, centros de investigación, profesionales y organizaciones sociales capaces de participar en la construcción de alternativas.

No se trata de copiar modelos extranjeros ni de presentar la valorización energética como una solución milagrosa.

Se trata de reconocer que existen tecnologías que permiten transformar parte de un problema en un recurso y que esas tecnologías pueden ser estudiadas, evaluadas y adaptadas a la realidad boliviana.

La crisis de los residuos puede convertirse, entonces, en una oportunidad para modernizar la gestión urbana, fortalecer la educación ambiental, impulsar la economía circular y diversificar las fuentes energéticas.

La salud de La Paz no puede depender de decisiones improvisadas.

La ciudad tiene el deber de proteger a su población, modernizar su gestión de residuos y construir soluciones sostenibles que garanticen mejores condiciones de vida para las generaciones presentes y futuras.

 


Autor

Manuel Rojas Boyan

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.