Investigación Periodística

El corredor del crimen

Nelson Martínez Espinoza27 de julio de 2026
11 min de lectura
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El corredor del crimen

CAPÍTULO II

México y Centroamérica: la disputa por la ruta más codiciada de América

La geografía convirtió a México y Centroamérica en el puente natural entre los mayores productores de cocaína del mundo y el mercado de consumo más grande del planeta.

Durante décadas, esa condición fue suficiente para atraer a las organizaciones criminales. Hoy, sin embargo, la región ya no es únicamente un corredor de paso: se ha transformado en uno de los principales escenarios donde se define el equilibrio del crimen organizado en el hemisferio occidental.

Cada puerto, cada frontera y cada carretera forman parte de una extensa red logística que conecta los cultivos de coca de la región andina con Estados Unidos, Europa y, cada vez con mayor frecuencia, Asia. Quien controla ese corredor no solo controla el tráfico de drogas; también domina el movimiento de armas, migrantes, mercancías de contrabando y enormes flujos de dinero ilícito.

La violencia que atraviesa la región responde precisamente a esa disputa.

Durante los últimos veinte años, el crimen organizado dejó de concentrarse en unos pocos carteles capaces de monopolizar grandes territorios. La captura o muerte de numerosos líderes históricos provocó una fragmentación que dio origen a decenas de organizaciones más pequeñas, móviles y altamente violentas. En lugar de desaparecer, el negocio criminal se descentralizó.

Los grupos actuales funcionan mediante alianzas temporales, subcontratan servicios y distribuyen responsabilidades entre múltiples células. Unas controlan pasos fronterizos; otras administran puertos, pistas clandestinas o centros de almacenamiento; algunas se especializan en lavado de dinero y otras en seguridad armada para los cargamentos. Esta estructura dificulta enormemente la labor de las autoridades, pues la desarticulación de una célula apenas altera el funcionamiento del conjunto.

México: el laboratorio de la nueva criminalidad

México constituye el centro de gravedad de esta transformación. Ningún otro país del continente concentra una combinación semejante de capacidad logística, poder financiero y presencia territorial de organizaciones criminales.

El viejo esquema dominado por grandes carteles evolucionó hacia un escenario donde múltiples grupos compiten por corredores estratégicos, puertos, laboratorios clandestinos y mercados locales. Entre ellos sobresalen el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), considerados por diversas agencias internacionales como las organizaciones con mayor capacidad operativa de la región. Ambos mantienen redes de abastecimiento, producción y distribución que trascienden las fronteras mexicanas y articulan alianzas con estructuras criminales en Centroamérica, Sudamérica, Europa y Asia.

El negocio también cambió de naturaleza. Aunque la cocaína sigue siendo una mercancía central, el crecimiento de las drogas sintéticas, especialmente el fentanilo y las metanfetaminas, modificó el mapa criminal. La producción de estas sustancias requiere una logística distinta, basada en precursores químicos, laboratorios especializados y rutas de distribución más rápidas, lo que incrementó el valor estratégico de puertos, aduanas y centros industriales.

La diversificación económica de estas organizaciones resulta igualmente significativa. La extorsión, conocida como "derecho de piso", se convirtió en una fuente permanente de ingresos. Comerciantes, transportistas, agricultores y pequeños empresarios pagan cuotas para poder trabajar, mientras el secuestro, el robo de combustibles, la minería ilegal y el tráfico de personas complementan una estructura financiera que reduce la dependencia exclusiva del narcotráfico.

Esta expansión ha generado un fenómeno particularmente preocupante: el desplazamiento forzado de comunidades enteras. En numerosas regiones, la población abandona sus hogares para escapar de enfrentamientos entre grupos rivales o de amenazas dirigidas contra quienes se resisten a colaborar con las organizaciones criminales.

La respuesta estatal ha evolucionado hacia una estrategia que combina operaciones militares, inteligencia financiera y cooperación internacional. Sin embargo, especialistas advierten que la captura de líderes suele producir efectos contradictorios. En muchos casos, la desaparición de una estructura dominante abre espacio para la aparición de varias organizaciones menores que compiten violentamente por el territorio que queda vacante.

Guatemala: el puente indispensable

Al sur de México, Guatemala desempeña un papel menos visible, pero igualmente decisivo. Su ubicación geográfica la convierte en la puerta de entrada de la cocaína procedente de Sudamérica y en el primer gran filtro antes de alcanzar territorio mexicano.

Las fronteras con México, Belice, Honduras y El Salvador, junto con sus costas sobre el Pacífico y el Caribe, ofrecen múltiples rutas para el movimiento de drogas, armas, migrantes y mercancías de contrabando. Las organizaciones criminales aprovechan pasos clandestinos, pistas de aterrizaje improvisadas y corredores rurales donde la limitada presencia estatal facilita sus operaciones.

En departamentos como Petén, Izabal, Huehuetenango y San Marcos confluyen intereses de organizaciones locales y redes internacionales que buscan asegurar el tránsito de cargamentos hacia el norte. La disputa por estos corredores incrementa la violencia fronteriza y expone la vulnerabilidad de comunidades que viven entre dos fuegos: la presión de las organizaciones criminales y la respuesta de las fuerzas de seguridad.

El desafío guatemalteco no se limita al narcotráfico. La corrupción, el lavado de activos, el tráfico de armas y el movimiento irregular de migrantes forman parte de un mismo ecosistema ilícito que aprovecha las debilidades institucionales para consolidarse. La recuperación del control territorial depende tanto de la capacidad operativa del Estado como del fortalecimiento de la justicia y de los mecanismos de investigación financiera.

El Salvador: entre el éxito estadístico y el debate democrático

Si existe un país que ha alterado la conversación regional sobre seguridad es El Salvador. Durante años fue sinónimo de violencia asociada a las pandillas; hoy es presentado por su gobierno como ejemplo de recuperación del control territorial gracias al régimen de excepción y al Plan Control Territorial.

Las cifras oficiales muestran una reducción drástica de los homicidios y una significativa disminución de la capacidad operativa de estructuras como la Mara Salvatrucha y Barrio 18. Más de noventa mil personas han sido detenidas desde el inicio de la ofensiva estatal, en una de las campañas de seguridad más intensas registradas en América Latina.

No obstante, el modelo salvadoreño también genera un intenso debate. Mientras el ejecutivo sostiene que la recuperación de los espacios públicos permitió reducir la extorsión, atraer inversiones y mejorar la calidad de vida, organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos advierten sobre denuncias de detenciones arbitrarias, restricciones al debido proceso y un uso prolongado de medidas extraordinarias.

Más allá de esa discusión, el caso salvadoreño evidencia que el crimen organizado es un fenómeno dinámico. Debilitadas las pandillas tradicionales, las autoridades buscan impedir que organizaciones dedicadas al narcotráfico internacional ocupen el espacio dejado por aquellas y utilicen el país como plataforma logística para nuevas operaciones.

Costa Rica y Panamá: los puertos donde se decide la ruta de la cocaína

Durante décadas, Costa Rica y Panamá fueron presentados como excepciones dentro de una Centroamérica marcada por guerras civiles, pandillas y altos niveles de homicidios. Esa imagen todavía conserva parte de su verdad: ambos países mantienen instituciones relativamente más estables que varios de sus vecinos y continúan siendo nodos esenciales del comercio internacional. Pero precisamente esa fortaleza logística terminó convirtiéndolos en objetivos prioritarios para las organizaciones criminales transnacionales.

La cocaína que sale de Colombia hacia el norte rara vez sigue una única ruta. Los cargamentos se fragmentan, cambian de embarcación, atraviesan costas, puertos, carreteras y centros de almacenamiento antes de alcanzar México. En ese recorrido, Panamá y Costa Rica funcionan como bisagras estratégicas del sistema.

Panamá: el corazón logístico del continente

La posición geográfica de Panamá explica gran parte de su importancia criminal. El país conecta América del Sur con Centroamérica, alberga el Canal de Panamá y dispone de una de las infraestructuras portuarias más sofisticadas del hemisferio.

Cada día circulan miles de contenedores por terminales del Caribe y del Pacífico, un volumen de comercio que facilita ocultar cargamentos ilícitos entre mercancías legales. Las autoridades panameñas se encuentran entre las que más cocaína decomisan en la región en proporción al tamaño del país, una señal tanto de la intensidad del tráfico como de la presión permanente sobre sus sistemas de control.

La provincia del Darién se ha convertido además en una zona crítica donde confluyen narcotráfico, tráfico de migrantes y redes armadas vinculadas a la frontera con Colombia. Los puertos conectados al Canal representan un objetivo constante para organizaciones que buscan insertar droga en cadenas logísticas internacionales con destino a Norteamérica, Europa y el Caribe.

La respuesta estatal combina vigilancia portuaria, cooperación internacional y operaciones fronterizas para contener una economía criminal que aprovecha la conectividad marítima, aérea y terrestre del país.

El desafío central ya no consiste únicamente en interceptar cargamentos, sino en impedir que las redes criminales penetren empresas logísticas, servicios financieros y estructuras comerciales que sostienen buena parte de la economía panameña.

La amenaza más preocupante es la infiltración silenciosa: compañías de transporte, operadores portuarios, importadoras y servicios financieros pueden convertirse en herramientas para mover dinero y mercancías ilícitas sin necesidad de exhibir violencia abierta.

En Panamá, el crimen organizado busca pasar inadvertido dentro del mismo sistema que mantiene funcionando el comercio mundial. La presión sobre el Estado es doble: proteger una infraestructura crítica para la economía global y evitar que esa misma infraestructura sea capturada por redes criminales internacionales.

El Darién resume esa contradicción. Mientras miles de migrantes cruzan la selva rumbo al norte, organizaciones dedicadas al narcotráfico, al tráfico de personas y al contrabando aprovechan la limitada presencia estatal para expandir sus operaciones. La frontera dejó de ser una línea de contención y se transformó en un espacio de circulación de la economía del mal.  

Costa Rica: la paz bajo presión

Si Panamá representa la gran plataforma logística, Costa Rica simboliza la transformación de un país históricamente asociado a la estabilidad en un escenario de creciente disputa criminal. La ubicación entre Panamá y Nicaragua, sumada a los puertos de Limón en el Caribe y Caldera en el Pacífico, convirtió al territorio costarricense en una pieza codiciada para las rutas de la cocaína.

Las organizaciones criminales descubrieron que podían aprovechar la infraestructura comercial del país para enviar droga oculta en contenedores destinados a Europa y Norteamérica. El resultado fue un aumento sostenido del sicariato, del tráfico de armas y de las alianzas entre grupos locales y redes internacionales.

Aunque las autoridades reportaron una reducción de homicidios después del récord registrado en 2023, la mayoría de los asesinatos continúa vinculada a disputas por rutas y mercados ilícitos. La violencia dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en un desafío estructural para la seguridad pública costarricense.

La transformación también tiene una dimensión simbólica. Durante décadas, Costa Rica fue presentada como una excepción democrática en una región marcada por conflictos armados y altos niveles de criminalidad. Hoy, el país enfrenta el reto de contener el avance del narcotráfico sin deteriorar las instituciones que sustentaron esa imagen de estabilidad.

Los puertos de Limón y Caldera ilustran esa tensión. Son motores del comercio exterior, pero también objetivos permanentes para organizaciones que buscan insertar cocaína en cadenas de exportación legales. Cada contenedor representa una oportunidad para el comercio y, al mismo tiempo, un potencial vehículo para el tráfico internacional.

La respuesta estatal ha combinado decomisos récord, cooperación con Estados Unidos y Panamá, refuerzo policial y controles financieros. Sin embargo, especialistas advierten que la verdadera batalla se libra en otro terreno: la capacidad del Estado para impedir que las economías ilícitas penetren empresas, puertos, cadenas logísticas y estructuras comerciales aparentemente legítimas.

Cuando el crimen organizado logra integrarse a la economía formal, resulta mucho más difícil identificar dónde termina el negocio legal y dónde comienza la operación criminal.

Una sola ruta, múltiples Estados

Observados por separado, México, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Panamá parecen enfrentar problemas distintos. Uno combate carteles multinacionales; otro intenta recuperar el control de sus fronteras; un tercero debate los límites del régimen de excepción; los dos últimos protegen puertos y centros logísticos.

Pero vistos en conjunto forman una misma arquitectura criminal.

La cocaína producida en los Andes cruza el Darién, utiliza puertos panameños, atraviesa Costa Rica y Guatemala, se integra a redes mexicanas y finalmente llega a Estados Unidos o Europa. En sentido inverso circulan armas, dinero, precursores químicos e información. Las organizaciones cambian de nombre, de aliados y de territorio, pero comparten corredores, proveedores y mecanismos financieros.

La principal lección del corredor centroamericano es que ningún país puede enfrentar el fenómeno de manera aislada. Cuando una ruta se cierra en un puerto, el tráfico se desplaza hacia otro. Cuando un grupo pierde territorio en México, busca refugio en Guatemala o fortalece alianzas en el Caribe. Cuando un Estado incrementa controles financieros, el dinero ilícito migra hacia jurisdicciones vecinas.

El crimen organizado opera como un sistema regional; la respuesta estatal todavía sigue siendo, en gran medida, nacional.

Esa asimetría explica por qué, pese a los decomisos récord, las capturas de líderes y las operaciones militares, el corredor criminal continúa funcionando.

 

En el Capítulo III: Vremos a la región andina: donde nacen las nuevas economías criminales, integrando Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia en un solo relato sobre producción de cocaína, minería ilegal, lavado de dinero y control territorial.

Autor

Nelson Martínez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.