América Latina y el mapa de las organizaciones criminales
Mientras los Estados siguen defendiendo fronteras, el crimen organizado es una de las industrias más poderosas del mundo.
PRÓLOGO
El enemigo sin fronteras
Durante buena parte del siglo XX, el crimen organizado en América Latina podía describirse a partir de unos cuantos nombres propios. Los carteles de Medellín y Cali, en Colombia; el Cartel de Guadalajara, en México; o las mafias dedicadas al contrabando dominaban el imaginario colectivo. Su poder se medía por la cantidad de cocaína que lograban transportar, los asesinatos que ordenaban o la violencia que desataron para controlar territorios.
Ese escenario cambió.
En apenas dos décadas, las organizaciones criminales experimentaron una transformación comparable a la de una gran corporación multinacional. Dejaron de depender exclusivamente del narcotráfico para convertirse en auténticos conglomerados criminales, capaces de operar simultáneamente en varios países, diversificar sus fuentes de ingresos, infiltrar instituciones públicas, lavar miles de millones de dólares y controlar economías enteras mediante sofisticadas redes financieras, tecnológicas y logísticas.
Hoy el narcotráfico constituye apenas una parte de un enjambre mucho más amplio.
Las ganancias provenientes de la cocaína financian la minería ilegal del oro en la Amazonía, el tráfico de armas, la trata de personas, la explotación sexual, el contrabando de combustibles, la tala ilegal, el tráfico de migrantes, los delitos ambientales, la extorsión, el secuestro, la cripto minería y el lavado de activos a través de empresas aparentemente legítimas.
El crimen organizado dejó de ser únicamente un problema policial para convertirse en uno de los mayores desafíos políticos, económicos y de seguridad que enfrentan las democracias latinoamericanas.
Mientras los Estados continúan organizados bajo estructuras administrativas nacionales y responden dentro de sus fronteras, las organizaciones criminales operan como redes transnacionales con enorme capacidad financiera, servicios de inteligencia propios, estructuras flexibles y una velocidad de adaptación que, en muchos casos, supera la capacidad de respuesta de los gobiernos.
El resultado es un fenómeno que ya no puede comprenderse país por país.
La violencia en Ecuador está conectada con los cultivos de coca en Colombia; los puertos brasileños exportan droga producida en Perú y Bolivia; las organizaciones criminales venezolanas expanden sus operaciones hacia Chile, Perú y Colombia; Paraguay se consolida como un corredor logístico hacia el Atlántico; Panamá y Costa Rica disputan el control de rutas marítimas estratégicas; Haití se convierte en una escala para el tráfico internacional; y México continúa siendo el principal puente de abastecimiento hacia Estados Unidos.
Cada país representa una pieza distinta de un mismo tablero criminal.
Este reportaje reconstruye ese mapa.
No pretende elaborar un ranking de violencia ni presentar una colección de casos aislados. Su propósito es explicar cómo América Latina terminó convirtiéndose en uno de los principales epicentros del ecosistema criminal global y por qué las respuestas estatales siguen siendo insuficientes frente a organizaciones que aprendieron a adaptarse, fragmentarse, diversificarse y reinventarse con una rapidez extraordinaria.
El consumo mundial de drogas
El crecimiento del crimen organizado no puede entenderse sin analizar la evolución del mercado mundial de las drogas, que continúa expandiéndose y diversificándose.
De acuerdo con el Informe Mundial sobre las Drogas 2025 de las Naciones Unidas, en 2024 alrededor de 331 millones de personas, equivalentes al 6,2 % de la población mundial de entre 15 y 64 años, consumieron al menos una droga ilícita. Se trata del nivel más alto registrado hasta la fecha y confirma que el mercado internacional de estupefacientes mantiene una tendencia sostenida de crecimiento, impulsada por el consumo de cannabis, cocaína y drogas sintéticas.
El cannabis continúa siendo la sustancia ilícita más consumida del planeta. Se estima que 256 millones de personas lo utilizan, lo que representa más de tres cuartas partes del total de consumidores de drogas ilegales en el mundo.
Su consumo aumentó cerca del 40 % durante la última década, impulsado por cambios en la percepción social sobre sus riesgos y por los procesos de legalización o despenalización del uso recreativo y medicinal en diversos países. Sin embargo, los especialistas advierten que el mayor impacto recae sobre adolescentes y jóvenes, cuya exposición temprana incrementa los riesgos para la salud mental y el desarrollo cognitivo.
En segundo lugar se encuentran los opioides, con aproximadamente 63 millones de consumidores. A diferencia del cannabis, estas sustancias representan el principal problema sanitario asociado al consumo de drogas, ya que son responsables de la mayor parte de las muertes por sobredosis y concentran la carga más elevada de enfermedades relacionadas con la dependencia.
La creciente presencia de opioides sintéticos ha agravado la crisis mundial. Estas sustancias poseen una potencia extremadamente elevada y pueden provocar una sobredosis incluso en cantidades mínimas.
Las anfetaminas ocupan el tercer lugar entre las drogas ilícitas de mayor consumo, con alrededor de 32 millones de usuarios distribuidos en todos los continentes.
La cocaína es, sin embargo, la droga que registra el crecimiento más acelerado. El número de consumidores pasó de 17 millones en 2013 a 25 millones en 2024, impulsado por la expansión de las redes internacionales de tráfico hacia nuevos mercados, especialmente en Asia y África, donde históricamente el consumo había permanecido en niveles relativamente bajos.
Por su parte, el éxtasis (MDMA) experimentó una caída durante la pandemia de COVID-19 debido a la suspensión de eventos masivos y actividades recreativas. No obstante, en los últimos años su consumo volvió a crecer hasta alcanzar aproximadamente 21 millones de personas, principalmente en contextos de ocio nocturno, festivales y grandes concentraciones.
Las drogas sintéticas constituyen hoy una de las principales preocupaciones para las agencias internacionales encargadas de combatir el narcotráfico.
Sustancias como la metanfetamina y los nuevos opioides sintéticos, algunos incluso más potentes que el fentanilo, están modificando profundamente la estructura del mercado mundial de las drogas.
A diferencia de la cocaína o la heroína, su fabricación requiere menores costos de producción, puede realizarse en laboratorios clandestinos y no depende del cultivo de plantas ilícitas. Esta característica facilita su producción en prácticamente cualquier región del mundo, reduce los riesgos logísticos para las organizaciones criminales y multiplica su capacidad de expansión internacional.
Una sugerencia editorial para fortalecer aún más el inicio del libro sería incorporar, al final del prólogo, una frase de cierre que funcione como transición hacia el primer capítulo, por ejemplo:
"Comprender cómo opera esta industria del crimen exige seguir el dinero, las rutas y las alianzas que conectan a todos los países de América Latina. Ese es el viaje que comienza en las siguientes páginas."
Autor
Nelson Martínez Espinoza
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
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