La nueva fiebre del oro: cómo Bolivia cambió el gas por el metal precioso
Reportaje periodístico de 6 entregas
Imagen crea por inteligencia artificial
ENTREGA I
"Mientras el país discutía la caída de las reservas de gas, una nueva riqueza crecía silenciosamente bajo los ríos amazónicos."
El río que ya no duerme
Antes del amanecer, el río Kaka apenas refleja la tenue luz que comienza a filtrarse entre las montañas del norte paceño. Durante siglos, este afluente amazónico marcó el ritmo de comunidades indígenas tacanas, lecos y uchupiamonas. Sus aguas transparentes alimentaban la pesca, el transporte y la vida cotidiana. Hoy el paisaje es distinto.
Desde el siglo pasado los ríos Mapiri y Tipuani que forman al rio Kaka de la provincia Larecaja del municipio de La Paz, junto con los ríos Guanay y Teoponte que son parte del norte paceño, se han convertido en el centro neurálgico de la explotación minera del oro.
El silencio de la selva ha sido sustituido por el rugido constante de motores diésel. Las dragas trabajan las veinticuatro horas. Brazos mecánicos remueven toneladas de sedimentos del fondo del río mientras enormes mangueras expulsan lodo hacia improvisadas piscinas de lavado. Hombres cubiertos de barro revisan las canaletas donde, con suerte, aparecerán diminutas partículas doradas.
Cada gramo encontrado puede representar cientos de dólares. Cada jornada sin resultados significa pérdidas para quienes financiaron combustible, maquinaria y mercurio.
Desde el aire, el paisaje resulta todavía más impactante. Lo que antes era un río serpenteante rodeado por un bosque continuo aparece ahora fragmentado por campamentos improvisados, playas artificiales, caminos abiertos entre la vegetación y enormes claros donde la maquinaria pesada ha sustituido a los árboles.
La fiebre del oro ha cambiado el rostro de la Amazonía boliviana.
Pero también ha cambiado la economía nacional.
Durante años, el debate público estuvo dominado por el gas natural. Las exportaciones energéticas financiaban buena parte del presupuesto del Estado y convertían a Bolivia en uno de los principales proveedores regionales. Sin embargo, mientras la producción gasífera comenzaba a declinar por la falta de nuevos descubrimientos, otro recurso empezaba a ocupar silenciosamente su lugar.
Ese recurso es el oro.
El nuevo rey de las exportaciones
Hasta hace poco más de una década, el oro representaba una actividad importante, pero secundaria dentro de la minería boliviana. El zinc, la plata y el estaño dominaban las exportaciones del sector.
Todo comenzó a cambiar a partir de la crisis financiera internacional de 2008.
La incertidumbre económica llevó a inversionistas de todo el mundo a buscar refugio en activos considerados seguros. Históricamente, el oro ha cumplido esa función. Su precio comenzó un ascenso sostenido que alcanzó niveles récord en los mercados internacionales.
Bolivia, con importantes depósitos auríferos distribuidos principalmente en La Paz, Beni y Pando, encontró una oportunidad inesperada.
Según datos del Ministerio de Minería y Metalurgia, en pocos años el oro pasó a convertirse en el principal producto de exportación minera del país, superando ampliamente al zinc y a la plata.
El fenómeno no obedeció únicamente al aumento de los precios internacionales.
También estuvo impulsado por la rápida expansión de las cooperativas mineras.
Una riqueza escondida bajo los ríos
A diferencia de las grandes minas subterráneas de Potosí u Oruro, gran parte del oro boliviano no se encuentra en vetas profundas.
Está disperso en sedimentos acumulados durante miles de años por los ríos amazónicos.
Cada temporada de lluvias arrastra partículas provenientes de las montaña. Durante siglos esas partículas quedaron depositadas en playas, terrazas fluviales y antiguos cauces.
La minería aluvial consiste precisamente en remover millones de toneladas de arena y grava para recuperar esas pequeñas partículas metálicas.
El proceso parece simple.
Primero se excava el material mediante retroexcavadoras o dragas hidráulicas.
Luego se lava utilizando agua a presión.
Finalmente se incorpora mercurio, que forma una amalgama con el oro.
Posteriormente esa mezcla se calienta hasta evaporar el mercurio y dejar únicamente el metal precioso.
Es un procedimiento barato, rápido y altamente contaminante.
Precisamente esa combinación explica la extraordinaria expansión de la actividad durante los últimos quince años.
Las cooperativas toman el control
El auge aurífero boliviano tiene un protagonista indiscutible: las cooperativas mineras.
Originalmente concebidas como asociaciones solidarias de trabajadores que explotaban pequeños yacimientos, las cooperativas crecieron de manera explosiva al calor del incremento del precio internacional del oro.
De acuerdo con investigaciones del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), actualmente producen prácticamente todo el oro registrado oficialmente en Bolivia.
Su número también aumentó de manera acelerada.
Muchas surgieron para explotar antiguos derechos mineros abandonados. Otras nacieron directamente sobre nuevos depósitos descubiertos en la Amazonía.
Fundación Jubileo advierte que esta expansión ocurrió mucho más rápido que la capacidad del Estado para regular esta actividad minera.
El resultado fue una actividad económica enorme, dispersa sobre miles de kilómetros cuadrados y caracterizada por altos niveles de informalidad.
Pero el concepto mismo de cooperativa comenzó a cambiar.
En numerosas operaciones, detrás de la personería jurídica cooperativa aparecieron inversionistas privados que financiaban maquinaria pesada, dragas, combustible y mercurio.
Formalmente la explotación seguía siendo cooperativa.
En la práctica, el modelo empezaba a parecerse cada vez más a una empresa privada.
El oro reemplaza al gas
Durante la primera década del siglo XXI Bolivia experimentó uno de los mayores ciclos de bonanza económica de su historia gracias al gas natural.
Las exportaciones energéticas permitieron incrementar las reservas internacionales, financiar bonos sociales y fortalecer la inversión pública.
Pero esa realidad comenzó a modificarse.
La disminución de la producción gasífera redujo progresivamente los ingresos provenientes de hidrocarburos.
Mientras tanto, el oro seguía aumentando su participación dentro del comercio exterior.
Las cifras oficiales muestran que, durante varios años recientes, el metal precioso se convirtió en el principal producto de exportación minera y uno de los principales generadores de divisas para el país.
Paradójicamente, esta transformación ocurrió sin un gran debate nacional.
No existió una política pública equivalente a la desarrollada para los hidrocarburos.
No hubo una discusión profunda sobre sostenibilidad, regalías o impactos ambientales.
La fiebre del oro avanzó casi en silencio.
Solo las comunidades amazónicas comenzaron a advertir que algo estaba cambiando.
Los ríos empezaban a volverse turbio.
La pesca disminuye.
Las dragas ocupaban cada vez más espacio.
Y el mercurio empezaba a circular con una facilidad inquietante.
Continuará…
En la siguiente entrega, la investigación abordará el crecimiento de las exportaciones de oro entre 2015 y 2025, quiénes compran el metal boliviano, la expansión de las cooperativas auríferas y las primeras evidencias de las profundas contradicciones entre la riqueza generada por el oro y los escasos beneficios que recibe el Estado boliviano.
Autor
Redacción Código Abierto
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
