Ciencia y Tecnología

Bolivia ante una oportunidad solar: energía para transformar la minería y la agroindustria

La abundancia de radiación solar, la expansión de la minería y las necesidades energéticas del sector agroindustrial colocan a Bolivia ante una oportunidad estratégica: convertir el sol en un factor de competitividad productiva. El desafío es crear las condiciones para que la inversión privada pueda llevarla a las fábricas, minas, ingenios, sistemas de riego y plantas de procesamiento.

Nelson Martínez Espinoza16 de agosto de 2026
11 min de lectura
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Bolivia ante una oportunidad solar: energía para transformar la minería y la agroindustria

Bolivia tiene un recurso natural que durante décadas ha permanecido subutilizado: el sol. En buena parte del territorio nacional, particularmente en el Altiplano y el sudoeste, la radiación solar ofrece condiciones excepcionales para producir electricidad.

La evidencia ya no pertenece solamente al terreno de las proyecciones. Bolivia cuenta con grandes plantas fotovoltaicas en operación. La Planta Solar Oruro, con 100 MW instalados entre sus dos fases, ha demostrado la capacidad del país para operar generación solar a escala industrial. ENDE reportó que hasta febrero de 2024 había producido 714,2 GWh y evitado la emisión de 392.788 toneladas de CO₂.

A ello se suma Uyuni. En octubre de 2025, ENDE informó la ampliación de la Planta Solar Fotovoltaica Uyuni hasta 62,5 MW, consolidando al sudoeste potosino como uno de los principales polos de generación solar del país.

Pero la pregunta para Bolivia es otra: ¿por qué limitar la energía solar a grandes plantas que inyectan electricidad al Sistema Interconectado Nacional, cuando puede utilizarse directamente para producir minerales, alimentos y bienes industriales?

Del parque solar a la fábrica

La siguiente etapa de la transición energética boliviana debería consistir en acercar los paneles solares al lugar donde se consume la electricidad.

Una mina, una planta de procesamiento de minerales, un ingenio azucarero, una industria alimentaria o una planta de almacenamiento frigorífico puede instalar una central fotovoltaica para reducir la cantidad de energía que compra de la red.

El modelo es sencillo: durante las horas de mayor radiación, los paneles producen electricidad que se consume directamente en la actividad productiva. Cuando la generación solar disminuye, la empresa utiliza la red o, cuando resulte económicamente conveniente, baterías de almacenamiento.

La ventaja es que la empresa no solamente compra electricidad: invierte en producir una parte de su propio insumo energético.

Esto puede convertirse en una herramienta de competitividad en sectores donde la electricidad representa una parte importante de los costos operativos.

Minería: el gran laboratorio

La minería boliviana ofrece uno de los campos más interesantes para esta transformación.

Las operaciones mineras requieren electricidad para bombeo, molienda, trituración, ventilación, transporte, concentración, procesamiento y otros procesos industriales. En algunos casos, además, se encuentran ubicadas en zonas alejadas de los grandes centros urbanos y próximas precisamente a las regiones con mayor radiación solar.

El sudoeste potosino constituye un ejemplo evidente.

La expansión de la industria vinculada al litio está generando nuevas necesidades de infraestructura eléctrica. ENDE ha señalado que la futura línea de transmisión Punutuma–Uyuni de 230 kV permitirá incrementar la capacidad de transporte y atender la demanda del sector industrial relacionado con el procesamiento del litio en la zona del Salar de Uyuni.

Esto abre una posibilidad estratégica: que el crecimiento de la industria del litio no se traduzca exclusivamente en mayor consumo de electricidad generada con fuentes convencionales, sino que incorpore progresivamente generación solar asociada a los propios complejos industriales.

No se trata de reemplazar de un día para otro toda la electricidad convencional. Se trata de construir un sistema híbrido.

El Altiplano tiene una ventaja competitiva

La geografía juega a favor de Bolivia.

ENDE señala que Oruro presenta niveles de radiación cercanos a 7,5 kWh/m² por día, además de temperaturas relativamente bajas que favorecen el rendimiento de los módulos fotovoltaicos al reducir el sobrecalentamiento.

Uyuni también posee un recurso solar excepcional. Cuando se diseñó la planta fotovoltaica de 60 MW, ENDE reportó una radiación promedio anual estimada de 6,38 kWh/m²/día en la zona del proyecto.

Estos datos colocan al sudoeste boliviano en una posición privilegiada para desarrollar una nueva relación entre minería, electricidad y energía solar.

El desafío consiste en pasar de proyectos aislados a una estrategia industrial.

Agroindustria: el otro gran mercado

La oportunidad no termina en la minería.

La agroindustria boliviana tiene una demanda energética diversa: sistemas de bombeo, riego, refrigeración, almacenamiento, secado, molienda, transformación, procesamiento de alimentos y producción de insumos.

En Santa Cruz, por ejemplo, la agroindustria concentra actividades que requieren electricidad durante largas jornadas. En otras regiones, pequeños y medianos productores enfrentan el problema de llevar energía a zonas rurales donde ampliar las redes puede resultar costoso.

La energía solar puede utilizarse en diferentes escalas.

Un productor puede instalar paneles para alimentar una bomba de agua. Una asociación de productores puede desarrollar un sistema solar comunitario para riego. Una planta agroindustrial puede instalar cientos de kilovatios o varios megavatios para cubrir parte de su consumo eléctrico.

El objetivo es que el sol deje de ser considerado solamente una fuente de electricidad para hogares aislados y pase a convertirse en infraestructura productiva.

Riego solar: electricidad que se convierte en alimentos

Uno de los usos más interesantes es el bombeo solar.

La lógica económica es directa: durante las horas de mayor radiación, los paneles producen electricidad y pueden accionar bombas para trasladar agua hacia sistemas de riego o reservorios.

Esto permite almacenar no solamente electricidad, sino también agua.

Un sistema puede bombear agua durante el día hacia un reservorio y utilizarla posteriormente para riego. En determinadas condiciones, esta alternativa puede resultar más sencilla y económica que instalar grandes bancos de baterías.

Para Bolivia, donde la disponibilidad de agua condiciona la productividad agrícola en amplias zonas, esta combinación puede tener una importancia estratégica:

sol → electricidad → bombeo → agua → producción agrícola.

La energía solar, en este caso, deja de ser solamente una política energética y se convierte en una política de seguridad alimentaria.

El potencial de la agroindustria cruceña

La situación es diferente en las tierras bajas.

En Santa Cruz existe una enorme concentración de actividades agrícolas y agroindustriales: caña de azúcar, soya, arroz, maíz, ganadería y procesamiento de alimentos, entre otras.

Aquí la energía solar puede utilizarse especialmente durante las horas de actividad industrial.

Los ingenios y plantas de procesamiento podrían combinar generación solar con otras fuentes existentes, incluyendo biomasa en los sectores donde existe disponibilidad de residuos agrícolas.

Esto abre la puerta a un modelo energético híbrido:

solar + biomasa + red eléctrica + almacenamiento.

La biomasa ya tiene presencia en el sistema eléctrico boliviano. Los registros de la AETN muestran generación eléctrica mediante biomasa en empresas agroindustriales, mientras que la solar también ha incrementado su participación.

La oportunidad consiste en integrar ambas fuentes en lugar de analizarlas como tecnologías competidoras.

La cifra que debería preocupar a los empresarios

La energía solar ya dejó de ser una tecnología experimental.

Los datos oficiales de la AETN muestran que durante 2025 la generación solar registrada en el Sistema Interconectado Nacional alcanzó 355,37 GWh, mientras que la potencia solar instalada continuó creciendo.

El problema es que la solar todavía representa una fracción relativamente pequeña de la generación nacional. La generación bruta anual de energía eléctrica es de  10.800 GWh considerando el Sistema Interconectado Nacional (SIN) y los sistemas aislado. Alrededor del 61% al 71% de la electricidad nacional depende de plantas termoeléctricas a gas natural, mientras que las fuentes renovables (hidroeléctrica, solar, eólica y biomasa) abarcan entre el 28% y 39% restantes.

Precisamente ahí aparece la oportunidad.

Bolivia puede pasar de tener plantas solares conectadas al sistema eléctrico a desarrollar microrredes y sistemas de autoconsumo industrial.

El cambio conceptual es importante:No se trata solamente de producir electricidad solar. Se trata de utilizar el sol para producir minerales, alimentos y bienes con menor costo energético y menor exposición a los combustibles fósiles.

Una inversión que puede producir ahorro

El modelo económico preliminar para una industria permite visualizar la escala.

Una instalación fotovoltaica de 1 MW, dependiendo de la radiación, diseño y ubicación, puede generar alrededor de 2 GWh anuales en un escenario favorable.

Si una industria consume directamente el 90% de esa producción y evita comprar electricidad a US$0,09 por kWh, el valor de la energía sustituida rondaría los US$162.000 anuales.

Una planta de 5 MW podría producir aproximadamente 10 GWh anuales bajo ese supuesto y una de 10 MW, alrededor de 20 GWh.

Naturalmente, no todas las industrias tienen el mismo precio de electricidad ni el mismo perfil de consumo. Por ello, estos números deben entenderse como escenarios de prefactibilidad y no como una garantía de rentabilidad.

Pero muestran algo fundamental: la energía solar puede convertirse en una inversión productiva y no únicamente ambiental.

El obstáculo está en la regulación y el financiamiento

Para que esta oportunidad se convierta en una nueva industria nacional se necesitan reglas claras.

El empresario que instala una planta solar debe saber:

- cuánto puede generar;

- cuánto puede autoconsumir;

- qué ocurre con los excedentes;

- cuánto cuesta conectarse a la red;

- cómo se remunera la energía excedente;

- qué impuestos se aplican;

- cómo se financia la inversión;

- cuánto tiempo requiere recuperar el capital.

La claridad regulatoria es especialmente importante para proyectos de 1, 5, 10 MW o más.

También será necesario desarrollar instrumentos financieros de largo plazo. Una planta solar tiene una vida útil que puede superar las dos décadas, mientras que muchas empresas necesitan créditos con plazos mucho más cortos.

Un sistema de financiamiento verde, garantías parciales, leasing energético o contratos de compra de energía podrían acelerar la inversión privada.

Una oportunidad para la minería del futuro

La discusión energética adquiere especial importancia ante el desarrollo del litio.

Bolivia busca avanzar desde la extracción de materias primas hacia procesos industriales de mayor valor agregado. Pero industrializar el litio significa también consumir electricidad.

La infraestructura de transmisión que ENDE proyecta para el eje Punutuma–Uyuni está precisamente vinculada con la atención de la demanda industrial relacionada con el procesamiento del litio.

La pregunta estratégica debería ser:

¿qué porcentaje de esa nueva demanda industrial puede ser cubierto por energía solar?

Si una parte de la electricidad destinada al procesamiento de minerales proviene de plantas fotovoltaicas instaladas cerca de los centros industriales, Bolivia podría avanzar simultáneamente en tres objetivos:

industrialización + seguridad energética + reducción de emisiones.

Del consumidor al productor de energía

La transición más importante quizá no sea tecnológica, sino empresarial.

Durante décadas, la industria ha considerado la electricidad como un costo inevitable.

La energía solar permite cambiar esa lógica.

Una empresa puede convertirse parcialmente en productora de su propia energía.

Un ingenio puede generar electricidad con biomasa y complementar con fotovoltaica.

Una mina puede combinar red, solar y almacenamiento.

Una planta de alimentos puede instalar paneles sobre techos y terrenos disponibles.

Un productor agrícola puede utilizar energía solar para bombear agua.

Una cooperativa puede desarrollar un sistema solar para varios productores.

Así, la transición energética puede generar también un nuevo mercado de empresas de ingeniería, instalación, mantenimiento, financiamiento, almacenamiento y gestión energética.

Bolivia está ante una ventana de oportunidad

El país ya tiene experiencia.

Oruro demostró que es posible operar una gran planta solar. Uyuni demostró que el sudoeste puede convertirse en un polo fotovoltaico. Los registros oficiales muestran que la generación solar ya forma parte del sistema eléctrico nacional.

El siguiente paso debería ser mucho más ambicioso: llevar esa tecnología directamente al aparato productivo.

La minería y la agroindustria pueden convertirse en los dos grandes mercados de la energía solar boliviana.

En la minería, el sol puede ayudar a reducir el costo y la huella energética de la extracción y procesamiento de minerales.

En la agroindustria, puede alimentar riego, bombeo, refrigeración, almacenamiento y transformación de alimentos.

Y en ambos sectores existe una oportunidad adicional: producir con una matriz energética progresivamente más limpia puede convertirse en una ventaja competitiva frente a mercados internacionales que cada vez prestan mayor atención a la huella de carbono de los productos.

El desafío es convertir el sol en política industrial

Bolivia no necesita preguntarse si tiene suficiente sol.

La experiencia de Oruro y Uyuni demuestra que el recurso existe y que puede transformarse en electricidad a gran escala.

La verdadera pregunta es si el país será capaz de convertir esa ventaja natural en competitividad industrial.

Eso requiere una política que articule al Estado, empresas mineras, agroindustrias, distribuidoras eléctricas, universidades, bancos e inversionistas.

El objetivo debería ser construir un nuevo modelo:

más energía solar para producir más minerales;

más energía solar para producir más alimentos;

más energía solar para reducir costos;

más energía solar para generar empleo tecnológico;

y más energía solar para agregar valor a la producción boliviana.

Lo que falta es convertir esa radiación en una decisión empresarial y en una política de Estado.

Bolivia puede dejar de mirar al sol solamente como un recurso natural y empezar a verlo como una infraestructura productiva.

Autor

Nelson Martínez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.