El oro invisible. Segunda entrega
Las bacterias que desafían la sequía: la ciencia boliviana busca una respuesta al cambio climático
El viento levanta pequeñas nubes de polvo sobre el altiplano boliviano. Donde antes la tierra conservaba humedad durante semanas o meses, hoy las grietas avanzan como cicatrices que anuncian una realidad cada vez más frecuente: la falta de agua.
Para miles de productores agrícolas, la sequía dejó de ser un fenómeno excepcional. Se ha convertido en parte del calendario productivo, en tiepos de cambio climático.
En los últimos años, Bolivia ha enfrentado uno de los ciclos más complejos de estrés hídrico de su historia reciente. Comunidades enteras han visto disminuir el caudal de sus ríos, los bofedales retroceden y las lluvias llegan con una irregularidad que altera completamente los tiempos de siembra y cosecha.
En ese escenario, la agricultura enfrenta un enemigo silencioso.
No se trata únicamente de producir menos.
El verdadero riesgo consiste en perder la capacidad de producir de manera estable.
Frente a esta amenaza, un grupo de investigadores de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) decidió buscar respuestas donde muy pocos habían mirado: en los microorganismos que sobreviven bajo las condiciones más extremas del territorio boliviano.
La hipótesis parecía sencilla.
Si existen bacterias capaces de vivir durante años en ambientes donde prácticamente no hay agua, quizás esas mismas bacterias puedan ayudar a las plantas a soportar mejor la sequía.
Después de años de investigación, los resultados comenzaron a confirmar esa posibilidad.
La inteligencia escondida en el suelo
Durante décadas, la agricultura entendió el suelo como un simple soporte físico para las plantas.
La microbiología moderna ha demostrado que esa visión era incompleta.
El suelo constituye uno de los ecosistemas biológicos más complejos del planeta.
Cada centímetro cúbico alberga millones de microorganismos que interactúan permanentemente con las raíces de las plantas.
Algunas bacterias producen sustancias que estimulan el crecimiento vegetal.
Otras facilitan la absorción de nutrientes.
Muchas establecen relaciones simbióticas mediante las cuales ambos organismos obtienen beneficios.
La planta suministra compuestos orgánicos generados durante la fotosíntesis.
Las bacterias, a cambio, incrementan la disponibilidad de nutrientes, fortalecen el sistema radicular, es decier el sistma de todas las raices, y mejoran la resistencia frente a condiciones ambientales adversas.
Esta cooperación biológica ocurre de manera natural desde hace millones de años.
La diferencia es que ahora la ciencia comienza a comprenderla y aprovecharla.
En busca de microorganismos extraordinarios
El trabajo de los investigadores de la UMSA comenzó lejos de los laboratorios.
Las primeras expediciones recorrieron diferentes regiones del país buscando ecosistemas sometidos a condiciones extremas.
El objetivo era localizar microorganismos que hubieran desarrollado mecanismos naturales para sobrevivir donde otras especies no podrían hacerlo.
Los invstigadores recolectaron muestras de suelo en zonas áridas, regiones altoandinas y áreas donde las precipitaciones son escasas durante gran parte del año.
Cada muestra representaba un universo microscópico completamente distinto.
En el laboratorio comenzaba un proceso mucho más complejo.
Los microorganismos eran aislados cuidadosamente.
Posteriormente se cultivaban en condiciones controladas para identificar cuáles poseían características biológicas de interés agrícola.
No todas las bacterias resultaban útiles.
La mayoría cumplía funciones ecológicas importantes, pero sin aplicaciones directas para la agricultura.
Sin embargo, algunas especies comenzaron a destacar.
Presentaban una extraordinaria capacidad para sobrevivir bajo condiciones de estrés hídrico.
Ese comportamiento despertó el interés del equipo de trabajo de la doctora Carla Crespo.
El laboratorio frente al cambio climático
La siguiente etapa consistió en comprobar si aquellas bacterias podían establecer relaciones beneficiosas con las plantas.
Las pruebas se realizaron utilizando cultivos estratégicos para Bolivia, especialmente la quinua.
La elección no fue casual.
La quinua constituye uno de los principales alimentos originarios de los Andes y uno de los cultivos más importantes para miles de pequeños productores del altiplano.
Aunque posee una reconocida resistencia natural a condiciones adversas, también experimenta reducciones importantes de rendimiento cuando las sequías se prolongan.
Los experimentos consistieron en inocular determinadas bacterias sobre las semillas y posteriormente evaluar el comportamiento de las plantas bajo diferentes niveles de disponibilidad de agua.
Los resultados comenzaron a mostrar diferencias significativas.
Las plantas asociadas con determinadas bacterias desarrollaban sistemas radiculares más extensos.
Sus raíces exploraban mayores volúmenes de suelo.
La absorción de agua mejoraba.
El crecimiento se mantenía durante más tiempo incluso cuando las condiciones hídricas se volvían críticas.
En otras palabras, los microorganismos actuaban como aliados invisibles de la planta.
No producían agua.
Pero ayudaban a utilizar mucho mejor la disponible.
La quinua boliviana tiene un alto potencial en el mercado global de alimentos, entre el 2024 y 2025 su exportación subió de 29 a 32 tonladas, generando en ese ultimo año 93,46 millons de dólares. En la actualidad el mercado de la quinua está liderado por Perú 44%, Bolivia ocupa el según lugar con el 28% y el tercer lugar es ocupado por Estados Unidos con el 4% de los envios globales.
Mucho más que un fertilizante
Los investigadores insisten en aclarar un aspecto fundamental.
Las bacterias utilizadas como bioinsumos no reemplazan completamente el manejo agronómico tradicional.
Su función consiste en potenciar procesos biológicos que ya existen en la naturaleza.
Cuando colonizan las raíces de una planta, comienzan a producir compuestos que estimulan diferentes procesos fisiológicos.
Algunas sintetizan fitohormonas responsables del crecimiento vegetal.
Otras incrementan la disponibilidad de fósforo y otros nutrientes.
Varias inducen respuestas bioquímicas que fortalecen la tolerancia frente al estrés provocado por la falta de agua.
Es una estrategia completamente distinta a la agricultura basada exclusivamente en productos químicos.
En lugar de aportar artificialmente todos los nutrientes, los microorganismos ayudan a que la propia planta utilice con mayor eficiencia los recursos disponibles.
Ese principio explica por qué la biotecnología agrícola considera a los bioinsumos una herramienta clave para la adaptación climática.
La ciencia frente a una nueva realidad climática
Los investigadores coinciden en que Bolivia enfrenta una transformación ambiental sin precedentes.
Las variaciones climáticas observadas durante los últimos años modifican las condiciones históricas de producción agrícola.
Regiones tradicionalmente aptas para determinados cultivos comienzan a experimentar nuevas limitaciones.
Las lluvias ya no siguen los mismos patrones.
Las temperaturas máximas aumentan.
Los periodos secos se prolongan.
Ante esa realidad, el desarrollo de variedades vegetales resistentes constituye solo una parte de la solución.
También resulta necesario fortalecer los procesos biológicos que permiten a las plantas enfrentar condiciones extremas.
Precisamente allí adquieren importancia los microorganismos nativos.
Al haber evolucionado durante miles de años bajo las condiciones ambientales del territorio boliviano, poseen mecanismos de adaptación imposibles de reproducir artificialmente en poco tiempo.
Cada bacteria identificada representa una estrategia desarrollada por la propia naturaleza para sobrevivir.
La ciencia simplemente aprende a utilizarla.
Del laboratorio al productor
Sin embargo, transformar un descubrimiento científico en una herramienta para los agricultores requiere mucho más que investigación básica.
Una bacteria aislada en laboratorio debe multiplicarse bajo estrictos controles de calidad.
Posteriormente debe formularse como un producto estable, capaz de conservar su viabilidad durante el almacenamiento y el transporte.
Después llegan las evaluaciones agronómicas en diferentes regiones del país.
Finalmente aparecen los procesos regulatorios necesarios para autorizar su utilización comercial.
Todo ese recorrido exige inversiones importantes y coordinación entre universidades, instituciones públicas y empresas.
Los investigadores reconocen que Bolivia posee el conocimiento científico necesario para avanzar en ese camino.
El desafío consiste en construir las condiciones institucionales que permitan transformar descubrimientos académicos en soluciones disponibles para miles de productores.
Una carrera contra el tiempo
Cada nueva campaña agrícola recuerda la urgencia de ese desafío.
Las pérdidas provocadas por sequías afectan especialmente a pequeños agricultores que dependen de una sola cosecha para sostener la economía familiar.
En ese contexto, cada avance científico adquiere una dimensión mucho más amplia que la publicación de un artículo especializado.
Puede representar la diferencia entre una cosecha exitosa y una temporada de pérdidas.
La investigación desarrollada en la UMSA demuestra que Bolivia no parte desde cero.
Posee recursos biológicos excepcionales y equipos científicos capaces de generar conocimiento de alto nivel.
Pero el potencial de esta revolución biotecnológica no termina con las bacterias resistentes a la sequía.
Mientras unos laboratorios estudian microorganismos capaces de fortalecer cultivos frente al cambio climático, otros investigadores han encontrado en los cafetales del norte paceño un hallazgo que sorprende incluso a especialistas internacionales: cientos de especies nativas de un hongo considerado uno de los mejores agentes de control biológico del planeta.
Ese descubrimiento, conocido entre los investigadores como el "boom de los Trichoderma", será el eje de la tercera entrega de esta serie.
En la tercera entrega se desarrollará el hallazgo de más de 400 especies nativas de Trichoderma en los Yungas de La Paz, su potencial para controlar enfermedades del café y otros cultivos, y cómo este descubrimiento podría convertirse en la base de una industria boliviana de bioinsumos.
Autor
Nelson Martínez Espinoza
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
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