Ciencia y Tecnología

El fin del rentismo y el despertar del "gigante dormido". Segunda entrega

La UMSA propone un nuevo modelo de desarrollo para La Paz basado en la ciencia, la innovación y el valor agregado

Nelson Martínez Espinoza10 de agosto de 2026
8 min de lectura
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El fin del rentismo y el despertar del "gigante dormido". Segunda entrega

Mientras el país sigue concentrando buena parte del debate económico en la búsqueda de nuevos yacimientos de gas o en el incremento de la producción aurífera, la Universidad Mayor de San Andrés dirige su mirada hacia otro tipo de riqueza: aquella que permanece sobre la superficie, dispersa en los valles, el altiplano, los Yungas y la Amazonía paceña, esperando ser transformada mediante conocimiento, tecnología e innovación.

Para los investigadores que impulsan la propuesta universitaria, el verdadero recurso estratégico de La Paz no se encuentra enterrado bajo tierra. Está vivo, se renueva cada ciclo agrícola y posee la capacidad de generar riqueza de manera permanente si se desarrolla una política pública orientada a la industrialización y al valor agregado.

La premisa rompe con la lógica que ha marcado la economía boliviana durante siglos. En lugar de depender de recursos no renovables sujetos a la volatilidad de los mercados internacionales, la universidad plantea construir una economía apoyada en cadenas productivas diversificadas, capaces de generar empleo, exportaciones y desarrollo regional de forma sostenida.

Cuatro pisos ecológicos, una sola oportunidad

Pocos departamentos en Bolivia concentran una diversidad geográfica comparable a la de La Paz.

En un mismo territorio conviven el altiplano andino, los valles interandinos, las zonas subtropicales de los Yungas y la vasta Amazonía del norte paceño. Esa combinación de pisos ecológicos convierte al departamento en uno de los espacios con mayor diversidad agrícola del país.

Tubérculos, hortalizas, frutas, cereales, legumbres, café, cacao y frutos amazónicos forman parte de un patrimonio productivo que, según la evaluación universitaria, continúa lejos de aprovecharse plenamente.

La universidad sostiene que esa diversidad constituye una ventaja competitiva excepcional. Mientras otras regiones dependen de uno o dos productos principales, La Paz posee la posibilidad de desarrollar múltiples cadenas de producción simultáneamente, reduciendo riesgos económicos y ampliando oportunidades de industrialización.

Sin embargo, ese potencial permanece fragmentado.

La producción continúa dependiendo, en gran medida, de pequeños agricultores con escaso acceso a tecnología, asistencia técnica, infraestructura de transformación y mercados especializados.

El resultado es una economía agrícola que vende materia prima, pero captura una fracción mínima del valor económico que genera.

El café que podría cambiar la historia

Uno de los ejemplos más ilustrativos es el café de altura producido en los Yungas.

Las condiciones climáticas permiten obtener granos de alta calidad, apreciados en mercados internacionales por sus características organolépticas y por las particularidades que les otorgan la altitud y los suelos de la región.

Sin embargo, la magnitud del potencial contrasta con la capacidad productiva existente.

Durante la entrevista, las autoridades universitarias recordaron un episodio que resume esa brecha.

En 2018, el mercado chino manifestó interés en adquirir alrededor de 150.000 toneladas mensuales de café. Bolivia, sin embargo, apenas alcanzaba una producción anual cercana a las 28.000 toneladas.

La diferencia resulta abrumadora.

No se trata únicamente de una oportunidad comercial perdida, sino de una evidencia de que el país aún no ha desarrollado una estrategia para convertir sus ventajas naturales en una verdadera industria exportadora.

La universidad plantea un ejercicio revelador.

Si el departamento lograra aprovechar siquiera una parte significativa de su potencial cafetalero y, además, industrializar su producción antes de exportarla, los ingresos obtenidos podrían equiparar e incluso sustituir parte de la renta históricamente generada por las exportaciones de gas natural.

La afirmación no pretende establecer una equivalencia exacta entre ambos sectores, sino ilustrar el enorme valor económico que permanece desaprovechado cuando los productos agrícolas se comercializan sin procesamiento.

Porque el verdadero negocio no está únicamente en cultivar café.

Está en tostarlo, clasificarlo, empacarlo, certificarlo y posicionarlo como un producto premium en mercados internacionales.

Cada uno de esos procesos incorpora conocimiento, empleo especializado y mayor valor económico.

La riqueza que cae de los árboles

La misma lógica se aplica a la Amazonía paceña.

Cada temporada, miles de toneladas de frutos amazónicos completan su ciclo natural sin incorporarse a cadenas industriales capaces de transformar esa riqueza en desarrollo económico.

Entre ellos destaca el azaí, convertido en uno de los productos más dinámicos del mercado internacional por sus propiedades nutricionales y su creciente demanda dentro de la industria alimentaria.

Mientras países vecinos han consolidado complejas cadenas de producción alrededor de este fruto, en amplias zonas del norte paceño gran parte del recurso continúa desaprovechándose por la ausencia de infraestructura para su procesamiento.

La universidad considera que ese escenario representa una oportunidad perdida.

El problema no reside en la falta de recursos naturales, sino en la ausencia de inversión en conocimiento, tecnología e innovación.

Procesar pulpas, producir alimentos funcionales, desarrollar bebidas energéticas o elaborar ingredientes para la industria farmacéutica son algunas de las posibilidades que surgen cuando la ciencia acompaña a la producción.

Ese enfoque modifica completamente la ecuación económica.

La riqueza deja de medirse únicamente por el volumen extraído del territorio y comienza a depender de la capacidad para transformar ese recurso antes de que abandone el país.

Cuando la ciencia entra al campo

La propuesta universitaria no permanece en el terreno de las ideas.

Los investigadores sostienen que ya existen experiencias concretas que demuestran el impacto de la transferencia tecnológica sobre la productividad agrícola.

Uno de los casos más representativos corresponde al cultivo de papa.

Mediante la incorporación de nuevas prácticas agronómicas, asistencia técnica e innovación desarrolladas desde la universidad, algunos productores lograron incrementar su rendimiento de ocho a catorce toneladas por hectárea.

El aumento no provino de ampliar la superficie cultivada.

Tampoco de una explotación más intensiva del suelo.

El resultado se obtuvo aplicando conocimiento científico a procesos productivos que durante años permanecieron prácticamente inalterados.

Ese dato resume la filosofía que impulsa la universidad.

La riqueza no depende únicamente de disponer de recursos naturales.

Depende, sobre todo, de la capacidad para utilizarlos de manera más eficiente mediante investigación, innovación y tecnología.

Cada tonelada adicional obtenida gracias al conocimiento representa ingresos superiores para los productores y una utilización más racional de la tierra.

El límite del extractivismo

El análisis universitario alcanza uno de sus puntos más críticos cuando aborda el debate sobre el futuro económico del país.

Mientras diversos sectores consideran que nuevos proyectos hidrocarburíferos o el incremento de la producción aurífera podrían aliviar la crisis fiscal, la universidad advierte que esa estrategia reproduce un ciclo histórico que Bolivia conoce demasiado bien.

El argumento es contundente.

Durante siglos, el país ha experimentado sucesivos auges extractivos.

Primero fue la plata.

Después el estaño.

Más tarde los hidrocarburos.

Cada uno generó importantes ingresos durante determinados periodos, pero ninguno logró construir una economía diversificada ni consolidar un proceso sostenido de industrialización.

Desde esa perspectiva, depositar nuevamente las expectativas de desarrollo en recursos no renovables implica repetir una experiencia cuyos resultados históricos son ampliamente conocidos.

La explotación del oro o el desarrollo del pozo Mayaya pueden representar un alivio temporal para las finanzas públicas.

Sin embargo, la universidad considera que se trata de respuestas coyunturales y no de soluciones estructurales.

La verdadera transformación económica exige modificar el lugar que ocupa Bolivia dentro de las cadenas globales de valor.

Mientras el país continúe exportando materias primas e importando productos industrializados, seguirá capturando únicamente una pequeña parte del valor generado por sus propios recursos.

Exportar inteligencia, no solo recursos

La diferencia entre vender un producto agrícola en estado natural y comercializarlo transformado puede definir el futuro de una economía regional.

La universidad resume esa diferencia en una idea sencilla: dejar de exportar café en grano para vender café listo para el consumo; dejar de comercializar quinua como materia prima para convertirla en alimentos procesados; dejar de perder frutos amazónicos para transformarlos en productos con alto valor comercial.

Cada etapa de procesamiento genera nuevas actividades económicas.

Se requieren laboratorios para controlar calidad, ingenieros para diseñar procesos, técnicos para operar maquinaria, especialistas en mercadeo, logística y comercio exterior.

La industrialización multiplica el empleo, incrementa el ingreso de los productores y fortalece el tejido empresarial.

Pero, sobre todo, reduce la dependencia respecto de las fluctuaciones de los mercados internacionales de materias primas.

Ese es el cambio de paradigma que propone la Universidad Mayor de San Andrés.

No renunciar a los recursos naturales, sino dejar de depender exclusivamente de ellos.

Aprovechar la extraordinaria diversidad ecológica de La Paz para construir una economía donde la ciencia agregue valor a cada producto y convierta la innovación en el principal motor del desarrollo.

Para los investigadores, el desafío ya no consiste únicamente en descubrir nuevas riquezas bajo la tierra, sino en aprender a transformar con inteligencia las que florecen sobre ella. Esa es, sostienen, la diferencia entre un modelo que administra recursos finitos y otro que crea riqueza a partir del conocimiento.

La tercera y última entrega cerrará el reportaje abordando el papel del capital humano de la UMSA, la necesidad de una alianza entre universidad, Estado y sector privado, los desafíos para convertir la investigación en política pública y una conclusión de carácter prospectivo sobre el futuro del desarrollo de La Paz y Bolivia.


Autor

Nelson Martínez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.